miércoles, 17 de abril de 2013

LA ÚLTIMA VERDAD





El viejo poeta llegó a la isla por dichosa suerte. Único sobreviviente del huracán asesino que hizo pedazos el barco que tripulaba.

Miró a su alrededor y observó las cosas como si era la primera vez en su vida que abría los ojos. Se sentó y pensó en lo que sería de su vida, pero de nada le servía pensar en árboles frutales, ni verduras, ni nada que pudiera ayudarle a sobrevivir. Cansado de caminar, se tiró al suelo y decidió que si la muerte vendría, cosa que era muy segura, la esperaría sentado, sin caminar, sin correr, sin parpadear, no quería parecer un cobarde y deseaba verle a la cara.

-Bueno – se dijo -Ya que estoy solo y sin nada, haré lo único que me queda hacer; oleré las flores que nunca he olido, escucharé atentamente el lenguaje del viento y de las olas. Mi paladar será el único desafortunado, y por último, recitaré con la mejor entonación posible los poemas que siempre me han acompañado.

Terminó cansado de oler las flores, de tocar cosas viejas, de escuchar la voz del viento y de mirar al sol. Después de no comer ni beber nada en cuatro días, tan solo le quedaba hacer lo que según él le quedaba por hacer; Recitar. Comenzó a palabrear y se miraba absurdo, ridículo, loco, completamente loco, aunque no había perdido la cordura. Nunca estuvo más cuerdo que en ese momento. Y con su gran imaginación de poeta, idealizó un gran público y dijo en voz alta lo siguiente –Estos poemas son para ustedes más que para mí, mis únicos herederos.

Y comenzó por Dante, luego Petrarca, Lope, Quevedo, Cetina. Y así iba como caminando por el tiempo. Que Nerval, Werther, Byron, Espronceda, Verlaine, Baudelaire, hasta llegar a sus propios poemas y las horas clavaban sus segundos en cada parte viva de aquel viejo para matarlo poco a poco, así de a poquitos, como le gusta al tiempo matarlo a uno. Después de largas horas de poesía, no se escuchaban aplausos, ni comentarios, ni siquiera reproches, y esto le pareció extremadamente aburrido y deseaba fervientemente que por lo menos estuviesen ahí, sus críticos más ponzoñosos.

Luego de unas horas estaba tan enfermo y loco que al levantar la vista dijo:
-Puta… recité tanto que los aburrí, con razón ya no hay nadie, si por lo menos hubiera hablado dos cosas que ellos querían escuchar no me hubieran dejado solo, ¡Soy un pendejo! ¡Soy un pendejo! !Soy un pendejo!...

Y así iba de reproche en reproche. No me terminaron de contar su historia, pero me entristeció mucho que hasta el final de su vida se hubiera dado cuenta de quien había sido.



domingo, 10 de marzo de 2013

LA VENGANZA



LA VENGANZA


Lucas sale del trabajo muy molesto “El día es pesado” –dice “el día es pesado como la tierra misma” Y siente bajo su lengua un poco de esa amarga tierra que le hace escupir como un maníaco  cada tantos segundos, cada tantos pedacitos de tierra en cada escupida. Va directo al café, solo ahí siente una tranquilidad después de la pesada jornada. Lo pide fuerte, doble… dos dobles. Saca un libro mediocre, lee unas cuantas páginas, no aprende nada, pero es obstinado en perder el tiempo. Frente a la mesa pasa Virginia, él sonríe y levanta su mano, la agita frenéticamente para saludar. Ella lo ignora. ¿Por qué? ¿en qué momento le ha tratado de alguna manera no grata para que esta lo ignore? “Mujeres idiotas” –Dice “Al fin y al cabo mujeres” Se levanta de repente, el sabor amargo se acrecentá en sus paladar .Escupe, otro pedazo de tierra húmeda sobre el suelo. Llega a casa pero esta confundido, no sabe con certeza porque esta ahí, no sabe en realidad si esa es su casa. Cuando entra se siente más confundido que nunca, las cosas alrededor le dan un poco de repugnancia, el color de las paredes le molesta sobremanera. -Algo pasa -Se dice consternado, y va sintiendo un asco profundo cada vez que mira alrededor, cada vez que se ve las sucias manos. Entra al baño y se moja el rostro como para salir del sopor que le embriaga y entonces se escucha un grito salir de su boca.  Se ha visto al espejo con odio, escupe directamente al reflejo. Se escucha un golpe y sus nudillos están ensangrentados. No es él quien esta ahí. Se mira sin mirarse, el rostro en el espejo es el de Rosendo Montes, el hombre que mató a su mujer en la noche más oscura de todas. La noche en que esta le dijo que no quería nada con él porque estaba enamorada de su esposo, de su Lucas que tanto la adoraba. Está demasiado consternado, se cree en una pesadilla. Mira el reflejo del televisor y de repente  se escuchan los pedazos de vidrio del monitor cayendo al suelo. Lucas entra al baño y se deja empapar por completo. Cree que la tensión le ha producido esa terrible escena. Entra a la cocina sin ganas de seguir mirándose, pero la curiosidad es poderosa. Se mira en la tapadera de una olla, y se escucha la explosión del metal sobre la pared. Vuelve corriendo a su cuarto, coge el espejo que hay en su gaveta. Se mira de nuevo y se observa con tanto odio, que sus ideas de venganza comienzan a tomar color y forma. Toma un cuchillo y mirándose al espejo comienza a arrancarse una oreja, el dolor toca la puerta pero el odio no le abre. Se ve un poco satisfecho “Hijo de puta” Se dice al mirarse sin mirarse. Se mete el cuchillo en la boca y mira como sale la punta por la mejilla izquierda y como ésta avanza hasta llegar a la comisura de los labios. La sangre brota por montones, el suelo se inunda en un mar rojo. Cuando se mira de nuevo sonríe, dolorosamente se nota una sonrisa en la parte del rostro que aun no se ha cortado. Mira con sus ojos otros ojos. Con la determinación de terminar lo que se comienza, se corta uno, un homenaje al perro andaluz, se corta la pupila y se acerca un paso a la ceguera. Duele demasiado, grita como un loco. Se toca el rostro y con su único ojo puede ver sus manos ensangrentadas. Pero no importa el dolor, había podido vengarse. “hijo de la gran puta un día me las ibas a pagar” se decía fuera de si mismo, ¿Pero, quien no podría estar fuera de si en esa situación? Lucas cae al suelo, la fuerza comienza a escapársele de a chorritos. Desea verse al espejo por ultima vez, busca el pequeño espejo que se ha caído de sus manos, mira bien y ve un rostro desfigurado. Una escena espantosa se refleja sobre el único cristal vivo en la casa. Mira su rostro y se reconoce, se lo acerca y a quien mira es a Lucas, el mismo que salió esa tarde del trabajo con ese sabor amargo y ese peso sobre los hombros que le agobiaba, el mismo Lucas, que la noche anterior había asesinado a una mujer solo porque le había dicho que ya no seguiría más con él, porque amaba a su esposo tanto como él la amaba. Lucas sonrió, se notaba únicamente porque dejo escapar el sonido de una sonrisa. Ya su rostro solo era una escena de horror. Pero se sentía feliz, había matado lo que más odiaba. “Hijo de puta” -Se repetía como un loco “Bien sabía que me las tenías que pagar”.

jueves, 28 de febrero de 2013

EL SICARIO JOE (Noé Lima)




Usa la navaja de su padre
la oxidada biblia debajo de la faja
él aprendió en la infancia
cómo cortarle el hambre a los peces dormidos de sus manos
lo hizo de un tajo siempre
cuando la úlcera apretaba al ombligo náufrago de la noche
los dientes cariados esparcían algún roído poema en el aire
el apretón de la puerta al encerrar al silencio
a lo sumo
al llanto
el sicario Joe
apenas sabe leer
sabe nada más el peso del alfabeto cuando mata
las letras de cada nombre en las estrías de la navaja
apenas puede medirle la sonrisa a sus huesos
el ecuador a una bala susurrándole a cada víctima
la nostalgia de los inviernos
el sicario Joe
apenas recuerda cómo oler pegamento
para dejar de comerse la uñas
lo difícil que es vivir a los quince años
con la suela confesora de la última escaramuza
apenas recuerda el olor del humo de la cocina
la última huella de su madre
esa disecada niebla
que en prisión camina más lento en los espejos.







NOÉ LIMA
Nació en Ahuachapán, noviembre 21 de 1971. Escritor, poeta y pintor. Noé Lima fue miembro fundador y director del grupo literario TECPAN (Universidad Doctor José Matías Delgado), y desde 1994 participa en diversos recitales, encuentros y conversatorios dentro y fuera del país, entre ellos “Manisfestarte”, “Barrilete”, “Industrial” y recientemente “VIII Encuentro Internacional de Escritores Eunice Odio”. Ha participado en más de una docena de exposiciones colectivas en el área de las artes plásticas. Colaboró en la antología del grupo literario “Lugar donde duerme la campana del amor”. Ha publicado en diversos suplementos culturales, aparece en diversas antologías de poesía, fue  coordinador del suplemento cultural ALTAZOR del diario El Mundo de El Salvador. Finalmente, también, ha publicado su primer libro “Efecto Residual”(Ediciones Mundo Bizarro, Guatemala 2004) y tiene en preparación las siguientes obras: “El Alma del viento”, “El ojo de la ira”, “tempestades” y “Morbo”.





domingo, 10 de febrero de 2013

LA MAQUINA DE MATAR




   Cuando el capitán les hablaba a sus hombres, siempre daba a entender sus órdenes de la manera más fácil y adecuada, para que éstos, no tuvieran la menor duda sobre lo que se les pedía. A veces tenía que repetírselos dos o tres veces hasta que entendieran, pero si no entendían por palabras, entendían con los golpes que el salvaje les repartía como premio a su estupidez.

   -Maten a esos hijos de puta, a todos los que puedan. Sean valientes y encárguense que ésta sea la última vez que esos amantes de la calle se queden en ella para siempre. Ellos lo agradecerán, porque mirarán en su acción el momento de su gloría. Ellos esperan esas balas para ser mártires de la patria, para poder ser recordados eternamente. Y a los que griten misericordia, a esos hijos de puta dispárenles por cobardes, esos solo andan en las calles para aprovecharse de los tipos esos que morirán por esa su causa, a ellos dispárenles tantas veces, hasta que ya no se muevan ¿Entendido?
   -Si capitán

   Todos estaban listos, y no sentían el temor que minutos antes del discurso de su capitán les comía los huesos y les paralizaba la mano, ante el hecho de pensar en un acto tan violento como el de quitarle la vida a otro humano. Todos estaban programados como unas maquinas de carnicería, lista para demoler la carne que tuvieran frente a ellos. Salieron a la calle y comenzaron su trabajo. Pero por el otro lado, las personas que salían a la calle a protestar, sabían muy bien que al mirar al primer hombre uniformado como militar o policía, debían salir corriendo y escapar para salvar sus vidas. No tenían que esperar que les dijeran las cosas dos o tres veces. Ellos no eran imbéciles.

   Cuando por una esquina del aeropuerto miraron a los uniformados, todos corrieron presurosamente. Los mártires que según el capitán esperarían a sus verdugos para alcanzar la gloria, eran los primeros que habían acelerado el paso. Los supuestos mártires eran humanos y ellos sabían que servían más vivos que muertos. Los soldados, creían que su capitán les había tomado el pelo, al decirles que habría hombres dispuestos a morir; miraban nada más un remolino de hombres y mujeres de todas las edades que parecían espantados al verles. Ellos, que nada más eran hombres que cumplían órdenes. Ellos, que no eran ningunos monstruos de mierda como les gritaban algunos. Ellos, que eran la ley y el orden y como tal tenían que hacerla cumplir, ya sea por las buenas o por las malas o por las peores.

   Comenzaron los disparos, la gente que era alcanzada por las balas caía, ya sea por las aceras, por las calles, o su cuerpo rígido quedaba debajo de algún carro. Pero entre toda esa masa de soldados se encontraba uno que no quería obedecer la orden. Desde pequeño, su madre le regañaba o le jalaba las orejas, si con sus otros amigos maltrataban a cualquier animal. Un día llegó contento donde su madre, le llevaba una gallina recién muerta para poder comer. Tenían mucha hambre. La madre, que con mucha necesidad del alimento se hubiera acercado a su pequeño hijo y le hubiese dado una caricia por agradecimiento, le agarró de las orejas, lo desnudó y con un lazo mojado comenzó a golpearlo tantas veces, que el pequeño se juró nunca matar a ningún pobre animalito, aunque se estuviera muriendo del hambre. Así que si Juan se miraba casi imposibilitado de quitarle la vida a un animal, mucho menos se la quitaría a un humano.

    Pero no podía dejar que sus compañeros miraran en él algún signo de cobardía, entonces fijó su mirada en uno de los tantos jóvenes y echó a correr tras él. El joven que sabía lo que le esperaba si el soldado le alcanzaba, comenzó a correr presurosamente. Parecía que competía en una de esas maratones que hacen por la vida, solo que esta era mucho más importante, ésta era por su vida. Corrió tan aprisa, que llegó a las brisas en menos de tres minutos, Juan, que estaba acostumbrado al ejercicio diario, no dejaba que el joven le tomara mucha ventaja y siempre le tenía en la mira. Diez minutos después ya iban por La San Ángel. Otros diez minutos después, pasaban por Prados Universitarios y aquella carrera que parecía que nunca acabaría, era digna de televisarse, por la fuerza y la tenacidad que demostraban los dos competidores. Mientras Juan se acercaba al joven, pensaba en gritarle que no se preocupara, que dejara descansar su paso, porque no tenía ninguna intención de dispararle. Quería decirle que solamente esperaba alejarse del grupo para que sus compañeros lo miraran tratando de alcanzar a uno de los tantos manifestantes, y ya que no había nadie cerca, intentaba gritarle que no tenía nada que temer, pero por la velocidad y la distancia que llevaban, la poca saliva le impedía poder pronunciar palabra alguna. Ya iban por La 21 de octubre, cuando miró que el joven tambaleaba, pero aun así la voluntad de salvar su vida permanecía intacta. Juan trató de juntar todas sus fuerzas para acercarse lo suficiente, como para poder susurrarle al joven que no temiera, pero el otro, al sentir que los pasos de la botas sonaban más cerca, se alejaba como un loco del infierno que sentía a sus espaldas. Ya estaban llegando al desvío de Santa lucia, a 33Km del punto de partida,  cuando de repente el joven cayó al suelo. Juan se acercó casi arrastrando sus botas, la monstruosidad de sus pasos. Siguió caminando hacia el joven, sus botas no sonaban tan violentamente, porque de tanto correr y correr las plantías de éstas, más parecían una goma de mascar. Al estar a la par del chico, se acercó y le dijo con la voz más cansada y suave del mundo:
   -No corras… No te voy a hacer nada… No soy capaz de hacerle nada a nadie.

Pero el joven no respondió. Juan se acercó para mirarlo bien, y de pronto, consternado, comenzó a arrancarse los pocos pelos que tenía en su cabeza. El joven estaba muerto. Juan lo había matado de cansancio.

martes, 22 de enero de 2013

RELATO DE UNA ESPERA Y UN DESESPERADO


                                                                                               
                                        
                                                                                                                                                                         
                                     

                                                                                   Los hombres ¿No viven esperando y haciendo esperar?

                                                                                                                                                                                                                                                                                                 Mishima



Eran casi las siete, y no se miraba que la joven de sonrisa amplía se acercara por ninguna esquina. Gabriel la esperaba como el que ha tenido una noche eterna y espera el amanecer. Miraba a las personas como para distraerse, pero siempre relacionaba cualquier pequeño detalle para recordar de nuevo. –Esos zapatos son los mismos que andaba puestos cuando la miré por primera vez, y ese celular que suena, tiene el mismo sonido que tiene el suyo… ¿Por qué no existe una máquina que adelante el tiempo y nos evite la estúpida manía de esperar, sin hacer nada?. –Pensaba. Astutamente según él.

 Llegaron las siete y las esquinas siempre estaban llenas de rostros que no tenían ninguna importancia para él. Mantenía siempre un libro como para distraerse en su lectura, pero en esos momentos sus vista era como un trozo de madera flotando sobre un inmenso mar, sin más que ir y venir al son de las olas. Al darse cuenta que no ponía nada de atención, pensó: “Sería increíble tener un libro que tenga la historia de lo que esta haciendo la persona a quien se espera en tiempo real” y sonreía lentamente, como imaginándose que en ese momento leía que ella estaba caminando bajo un árbol de cedro, y que el farol que estaba próximo al árbol, iluminaba suavemente el lado derecho de su rostro. Cada persona que pasaba le dejaba el recuerdo, que alguien esperaba por ellos en algún lugar y se reprochaba al ver que se tardaban en comprar cualquier tontería “Les interesa más comprar un dulce o un cono, aun sabiendo que alguien los espera. ¡Idiotas! eso es lo que son, unos completos idiotas”. Pero lo que más le molestaba, era el hecho de saber, que era más idiota aquel, que aun sabiendo que lo que se espera nunca ha de llegar, sigue estático, como el árbol  frente al golpe del leñador. Pasaron treinta minutos y la pequeña caja de cigarrillos que tenía, estaba hecha pedazos bajo sus pies. Cada persona que pasaba frente a él se le hacia más detestable, y pensaba que si no fuera por culpa de ellos, que retrasaban por el camino a la joven, ya estaría ahí, diciéndole con una sonrisa amable que no fuera un desesperado, que los que se desesperan nunca consiguen nada. Pero ya no podía esperar más, una cosa, es ser un idiota por un rato, otra, serlo toda la vida. Y se levantó mirando a cada esquina y a todos los rostros que no le interesaba ver nunca más.

                                                                                                                           

Al doblar a la esquina de la calle, miró que María se acercaba con su sonrisa amplia, y con su mirada que lo iluminaba todo.
-¿Por qué has tardado tanto?
-Solo me retrasé diez minutos, ¿Por qué siempre sos tan desesperado?
-Hay muchos hombres que han muerto esperando algo, yo no quiero morir esperando nada.
-¿Ni a mí?
-¿Por qué preguntas cosas de las que ya sabes la respuesta? No seas tan insegura, a vos te esperaría más de lo normal, pero eso sí, si sé que estoy a punto de partir para siempre, no esperaría a nada ni a nadie.
-Gabriel, Gabriel… Sos un hombre tan terco y eso te hace tan interesante.
-Y vos sos una mujer tan tardada y eso te hace tan desesperante.
-¿De verdad, estás molesto porque tardé diez minutos?
-Para vos el tiempo es tan insignificante. Todas las mujeres hermosas creen que su belleza será eterna, y ni siquiera aprovechan el cortísimo tiempo que se les regala para disfrutar su juventud y todo por estar frente a un estúpido espejo que ni siquiera puede decirles nada sobre su belleza. Ustedes son incomprensibles.
-Mejor caminemos un poco, me parece que te hace falta caminar y hablar. Deja de reprocharme diez minutos, si querés te regalaré mil horas, pero no te quejes más.
-¿Escuchaste lo que acabas de decir? ¡Mil horas! Regalar mil horas como si las horas fueran nada, como si fueran monedas que reparte cualquier millonario a los pordioseros. Me asusta tu insensatez, me asusta tu confianza de larga vida. ¿Y si te morís hoy, y si hubieras muerto en el lapso de esos diez minutos que te tardaste?
-Vos estás mal, no pienso perder mí tiempo peleando con vos.
-¿Ahora si le das valor al tiempo? Sos tan ignorante que no sabes el valor de las discusiones en la vida. Si el humano no discutiera, no llegaría al conocimiento, no hubiera descubierto miles de verdades y secretos. Mil horas discutiendo, valen más que estar sentados frente a un millón de atardeceres sin decirnos nada. Guardar silencio es de las formas más grandes de perder el tiempo.
-¿Entonces discutiendo se gana el tiempo?
-No se gana, se aprovecha y eso es más que suficiente para seres que pueden morir a cualquier instante.
-Pero no seas tan trágico, olvida a la muerte, déjala en paz,
-¿Cuándo ha dejado la muerte en paz a la humanidad? ¿Y vos queres que la deje en paz? Por lo menos el día que me lleve, sabrá que estaba hablando mal de ella, y espero que por lo menos se sienta mal.
-Qué cosas las que decís… el hecho de vivir es para mi más importante que martirizarme pensando que la muerte vendrá y que mi tiempo terminará o que yo terminaré para mi tiempo.
-¿Vos qué sabes de la vida? Vos te conformas con desojar margaritas, sos feliz dialogando con estúpidas flores que lo único que saben decir es “si” y “no”. Vos sos feliz mirando amaneceres y atardeceres, pero ¿Vos crees que al sol le importa si lo miras ir y venir? Ha de pensar que sos la persona más ociosa del mundo.
-Si esta es tu manera de aprovechar el tiempo, aprovéchalo solo.
-El tiempo se aprovecha mejor discutiendo, no te vayas, solo así aprenderás lo importante que es aprovechar la vida. Mira que en esa esquina, puede estarnos esperando la muerte y si nos escucha hablando sobre la importancia del tiempo a lo mejor no nos lleva por ser consientes de cada minuto que vivimos. 
-Si la muerte está en esa esquina, cortaré una margarita y dejaré que sea mi destino “me lleva” “no me lleva” “me lleva” “no me lleva” y mientras ella se ríe al verme repetir esas frases, comenzaré a correr y aprovecharé para escapar.
-Jajá jajá
-Bien que te reís verdad, por lo menos te saqué una sonrisa, solo por eso acompáñame a ver el atardecer.
-Vamos, pero llevá una margarita, que si la muerte llega, ya sabemos cómo escapar de ella.





domingo, 20 de enero de 2013

¿Por qué te moriste?









Yo necesito compañeros, pero compañeros vivos;
no muertos que tenga que llevar acuestas por donde vaya.

F. Nietzsche

-¡Ayyy! que dolor, que dolor, que dolor…! ¡Ayyy!…! ¿Por qué él y no otro? ¿Por qué? ¡Ayyy...!

Ese día no fue el quiquiriquero llanto del gallo el que despertó a los vecinos, fue el llanto de doña Hermes el que se desprendía de su desconsolada garganta, anunciando con el sol las malas nuevas de esa pesada  mañana.

-¡Esto es una desgracia señor de los cielos! ¡Pueda que no sea tan buena, pero mala no soy. Nunca he matado a nadie! ¿Cómo puedes permitir santísimo, que desgracia como esta le pase a personas como yo? Ayyy…

Las quejas iban de menor a mayor, en un orden estricto, que el dolor formaba en filas para que fueran saliendo unas tras otras.

-¿Entonces, no cree que se puede acomodar el cuerpo en un cajón normal?
-No Señora. Sé que este no es momento para que usted sea razonable, pero mire el cuerpo, es demasiado gordo para que quepa ahí. Y luego se hincha más y más, como sapo listo para reventar.
- ¿Cuánto cuestan dos tablas más para ensanchar el cajón?
-Le saldrán  por cuatrocientos lempiras más.
-Ayyy… ¿Por qué te moriste? ¿Por qué te moriste? ¿Por qué te moriste?
-Y piense en el terreno también seño, hay que pagar por un metro más de tierra.
-¿Y eso cuanto es?
-Unos ochocientos lempiras.

El grito se desprendió de nuevo, violento, de la garganta que soltaba gritos como pájaros muertos.

La familia de doña Hermes era extremadamente pobre, siempre sobrevivían con lo que las buenas almas les regalaban, y valga que las buenas almas son tan pocas en estos días. Desde que su esposo murió, las cosas fueron difíciles, pues las deudas que éste había dejado, acabaron haciendo miserable a su esposa y sus cuatro hijos. Pero uno de los hijos, el más astuto, comprendió que si uno estira la mano en algún momento, alguien pondrá sobre ella algo de lo que le sobra. Entonces, desde ese día, se dedicó a pedir en la puerta de la iglesia, o en alguna esquina de las calles principales de la ciudad, con su rostro enjuto y fingiendo una cara inocente, que solo una maldad temprana puede confeccionar.

No se sabía porque el niño caía tan bien a primera vista, y los transeúntes en no pocas veces, dieron más de lo que se le debe dar usualmente al alguien que pide por las calles. Tal vez lo hacían al recordar a sus pequeños hijos, cubiertos en el calor del hogar, con la comida lista y caliente a las horas del día que se les antojara. Pero este pobre niño, aguantando frío y hambre, solo en este mundo donde las tragedias son el único sustento de los débiles y los desamparados, no se podía hacer menos que ayudarlo como se debía. Pero el niño nunca padecía de hambre, siempre que algo caía a sus manos era para comérselo, sí, y entonces rápidamente aprendió a fingir que el hambre era lo que le que le tenía mal, cuando era el haber comido como un cerdo de crianza. Cuando llegaba a casa, siempre encontraba algo, y era una tristeza helada, que acobijaba a cada uno de sus parientes, y un olor a comida, que se deprendía de la imaginación de los que le rodeaban. Pero se preguntaba por qué ellos no salían a trabajar como él lo hacía, por qué se quedaban ahí aguantando hambre cuando en el mundo, lugar anchísimo como el horizonte, había comida para que les diesen a todos. Pero no hablaba con ellos sobre sus ideas, llegaba tan lleno, que se dormía profundamente a fuerza de la digestión por devorar tantas cosas.

El niño crecía, y también crecía en tamaño y en mañas. Pero ya después, pasados los años, la gente le daba porque ¿Cómo hace alguien tan gordo para poder mover esos grasientos brazos y echarlos a andar en un arado?  ¿Cómo puede una masa tan grande caminar unos metros sin sentir que el corazón esta a punto de estallarle en cualquier instante? Y el gordo, como así le llamaban,  se metía siempre de todo. Parecía un cerdo gigante que por suerte no podía caminar para no quebrar las calles, infinita columna del mundo y mandaba a comprar a niños que se le acercaban, ya que sabían que éste, en favor de ir a comprarle algo para engullir, les daría algunas monedas que le sobraran. Pero llega el día en que todo gran imperio cae. En que la gravedad es tan rígida con los que pesan más y entonces, ésta les aplasta con tanta fuerza que les mete bajo tierra.

Los gritos quebraban las paredes del silencio. Eran pesados, gruesos, parecían que aplastarían los oídos de los que estaban cerca.

-Mejor te hubieras muerto vos María, o vos Juancito o Mario. ¡Pero este maldito gordo de mierda no se hubiera muerto! Ayyy… -Se seguía lamentando tristemente la madre.

-Mejor nos hubiéramos muerto todos ¡Por la gran puta! Así como estamos de flacos de no comer, todos cabríamos en un cajón normal, ¡Pero este muerto señor!… ¡Este muerto!… Solo tú sabes cuanto me pesa.

Y los gritos también cayeron bajo el peso del dolor.

martes, 23 de octubre de 2012

De los Poemas...







Los poemas que aquí leerán,  forman parte de "Los poemas de la piedra en el zapato" Libro que comencé a escribir y terminé hace unos cuantos años atrás y que saldrá a la luz el año próximo  La pretensión de este libro es sin duda la de tirar piedras (las piedras que cargo como condenado) en el lago del olvido y así desahogarme de las culpas y pesares que me han acompañado a lo largo de mi vida. Así que sin más, a ustedes lanzo unas cuantas piedras, no con la intención de herirlos, si no más bien de curarme las heridas.

La primera priedra

 Es sencillo
Tira la primera piedra y desfigura mi camino.
Ahora llama al pueblo
Para que también se crea libre
Para que con su canto de fracasos
Amortigüe mi tormento
-Ya que estoy libre de pecado
 Seré el verdadero verdugo
Lánzame otra piedra
Yo nací para cargar con su peso
Para masticarla
Y del polvo levantar mis ciudades interiores.
Ya no confías en los hombres muchacha
Porque te han encerrado en la habitación donde nacen las pesadillas
Pero esta vez descansa, sí
Hazlo como los que duermen sin saber que están despiertos
Como si la luz no fuera la sombra que odia tus parpados.
Tira la primera piedra
Arranca la duda de tus manos
Para que con ella edifiquemos mi ciudad perdida.


Deshojar al hombre es un acto de amor

Deshojar flores es hermoso
Ver como se ahogan sus frágiles miembros en el naufragio de las manos
Sentir su fragancia marchita
Hediondez de todos los muertos.
Deshojar flores es trabajo del destino
Que marca con su vaivén de designios el corazón de alguna niña indecente
-Me quiere… no me quiere
Pensando en el amor
Cuando comete un asesinato colorido y fragante.
Deshojar al hombre sería un acto de amor
Sin duda
Porque sus pétalos ensangrentados están cubiertos de espinas
Su aroma hediondo después sería un suave perfume a la conciencia
-Me quiere… no me quiere…
Repite la niña con su sonrisa funesta.
Mas no sabe que los hombres marchitos
 A veces aman más desde el recuerdo.



Saludo al mundo con mi sonrisa hecha un desastre

Yo no boto las paredes
No
Las abro
Saludo a las rejas
Los barrotes
Las esposas que me dieron el "sí"
El día que perdí mi libertad.
Saludo al mundo con esta sonrisa hecha un desastre
Con la fuerza de mi brazo roto
Con mi canto de pájaro desahuciado.
Pero bailemos esta pieza mujer
Y olvidemos los tropiezos del futuro
El ritmo que nos hará caer en la fría fosa.
Pero no perdás el paso
La sonrisa
La lágrima abrazada a tu ojo
Hasta que el aire deje de respirar.



De la guerra y otras derrotas (A Nelson, in memoriam)

                                                             La bala que me hiera, será bala con alma
                                                                                         Salomón de la Selva

Quisiste ir a la guerra,
 Porque desde que naciste
Los relojes explotaban
Y el tiempo era un puñado de cosas perdidas.
En cambio, lo recuerdo, a pesar de todo
Amaste
Y te ofreciste como bala segura al enemigo.
Pero en el amor y la guerra todas las historias son tristes
Como muros que caen marchitos.
Yo recuerdo aquel día
Cuando te quebraste en mil pedazos
Por unos labios perdidos
Y fue difícil armarte,
ni siquiera la verdadera guerra te había herido tanto.
Pero amaste de nuevo
Dispuesto a morir cien veces
Olvidando que la muerte solo es una.
Y cuando te hirieron de nuevo
Recordaste el tiempo;
Puñado de cosas perdidas
Eco de voces calladas,
Y sin pensarlo
Dos o tres veces
Pusiste tu alma en esa fría bala
Y ahora amigo
Es imposible armarte.





ODA AL VINO (otra de tantas)

                                               “Nada mejor para cantar la vida y aun para dar sonrisas a la muerte”

                                                                                                                                   R. D.

Este abismo es claro y oportuno
La caída es hermosa a esta hora
La lluvia cae
Roja, casi sangre, divina
En mi vida pasada fui una fruta
Y la mano de Baco me deshizo.
Mi copa no es tan grande como mi sed
Si tu sangre fuera vino
Vino bendito
Te desangraría
Si el mar fuera rojo
Como en aquellos días
Ya sé cuál sería mi muerte.
Ahogarme en él.



Los muros son canciones que después de cantadas se derrumban

Tuve una visión que se hacía agua en mis manos
una palabra que rondaba como ladrón presto;
Miré mi lengua
y era una cripta donde resucitaban las palabras.
Y vi los velos quebrantarse
como la niña que carga con un cuarto menguante en sus manos 
y la lluvia que lloraba de frío
y el agua con seco enojo por estar estancada en una llave.
El clamor de los desiertos me llegaba con resonancia de langostas
Entonces supe que la noche era un espacio donde podía maniobrar mi locura
la noche de mi noche, 
noches que anochecieron y se quedaron fuera de casa y desnudas.
Y vi una hoja caer
la hoja de un árbol que no ha nacido y ha sido victima
de los reclamos insolentes del viento
pero esa hoja caía y sepultaba mi bosque de fantasías
entonces dije:
hay que recoger los fuegos en un solo fuego
y repartirlo equitativamente como pan de daca día
hay que sacar las trompetas
y soplar hasta hacer nacer un hermoso jardín de remolinos violentos
Luego los muros cayeron
como cae el sol bajo el peso del día
y el muro que estaba frente a mi
Había caído de cansancio.


Consejo de un hombre herido a la paz.

Cuando naciste y nos dejaste ciegos
Dudamos que el tiempo te guardara
En sus paredes infinitas
-El mundo es sucio.
Decía mi padre.
Y recordé las blancas palomas
Que mueren con el alma negra.
Es por eso que no confiamos
Que te quedes entre nosotros
Animales de dientes blancamente afilados.
No es que somos pesimistas
Ni que amemos estrujar las rosas
Ni clavarnos sus espinas.
Paz
Es mejor que mueras antes del día triste
Para que no te quedes  con la conciencia negra.
Y así cuando te vayas
no veas ensangrentadas tus alas blancas
ni veas hecha jirones tu bandera.



Muerte de un hombre cualquiera

Hoy maté a un hombre
Fue sencillo
Y miré una catarata de aullidos
Correr por su garganta
Ahogar sus pupilas en el mar de la desesperación.
No lo soporté,
Porque no me gustó como trataba con su sombra
Como digería miradas, avorazado.
Si estuviera vivo (el muerto ese)
Lo escucharía aullar de nuevo
Por que no soporto
Como construye en los demás su recuerdo
Como les cuenta sobre el árbol que le he cortado.
Hoy maté a un hombre
Fue sencillo
Tanto que si todos fueran como él
Yo sería el único que leería esto.



Hay que apagar la luz (A carlitos Alcerro)

                                      Y vos que aborrecías tanto la tierra
                                                        hoy estas vestido de ella.

Has caído
Y los peldaños permanecen intactos.
La soledad se prendió a tus labios
Y toda sombra cayó en tus manos
Sin poder esconderte en ella
Cuando tanto te quemaba
El sol de la existencia.
Tendido como el crucificado
Y todos los clavos al pecho
-Hay que apagar la luz- Decías
Y de pronto se hizo la oscuridad.
Entonces ya sin voz
Para quebrar los gritos
Te apagaste en la última noche
Que te tendió la mano.