martes, 4 de junio de 2013

RETRATOS



Estos RETRATOS que leerán a continuación, vieron la luz por vez primera en el primer número de la revista  “imaginaria” de la ciudad de Tegucigalpa, dirigida por el poeta Rigoberto Paredes y Roberto Castillo. Es un honor sin duda, que alguien del peso de Eduardo Galeano haya querido hacer partícipe de estos magníficos retazos, a una revista de un país como éste, en donde el arte es visto como una piedra en la cual el pueblo no debe tropezar con el píe de su ignorancia. Sin más que decir, aquí los dejo frente  a estos RETRATOS, dónde el pincel transfigurado en pluma, nos muestra parte de la esencia de estos seres que ya sea por su bondad, su libertad, su despotismo, valentía o su rebeldía, seguirán vivos en nuestra memoria histórica.

BARRETT (1908, Asunción)

Está dispuesto a salvar al mundo aunque el mundo no quiere. El joven anarquista arenga al pueblo en las esquinas, subido a un cajón, y publica artículos de revelación y denuncia. Rafael Barrett se mete en la realidad paraguaya, realidad que delira como un moribundo, y en ella se quema.
Quizás él había vivido en el Paraguay antes, siglos o milenios antes, quién sabe cuándo, y lo había olvidado. Lo cierto es que hace cuatro años, cuando por casualidad o curiosidad Barrett desembarcó en este país, sintió que había llegado a un lugar que lo estaba esperando, porque este lugar era su lugar en el mundo. El más paraguayo de los paraguayos, el más miga de este pan, el más yoyo de esta tierra, ha nacido en Asturias, de madre española y padre inglés, y se ha educado en París.
El gobierno paraguayo manda echar a Barrett. Las bayonetas lo empujan a la frontera. Lo deportan por agitador extranjero.

PANCHO VILLA (1911/ Campos de Chihuahua)

De todos los jefes norteños que han llevado a madero a la presidencia de México, Pancho Villa es el más querido y queredor.
Le gusta casarse y lo hace a cada rato. Con una pistola en la nuca, no hay cura que se niegue ni muchacha que se resista. También le gusta bailar el tapatío al son de la marimba y meterse al tiroteo. Como lluvia en el sombrero le revotan las balas.
Se había echado al desierto muy temprano:
-Para mí la guerra empezó cuando nací.
Era casi niño cuando vengó a la hermana. De las muchas muertes que debe, la primera fue de patrón; y tuvo que hacerse cuatrero.

Había nacido llamándose Doroteo Arango. Pancho Villa era otro, un compañero de banda, un amigo, el más querido: Cuando los guardias rurales mataron a Pancho Villa, Doroteo Arango le recogió el nombre y se lo quedó. El paso a llamarse Pancho Villa, contra la muerte y el olvido, para que su amigo siguiera siendo.



ISADORA (1916/Buenos Aires)

Descalza, desnuda, apenas envuelta en la bandera argentina, Isadora Duncan baila el himno nacional.

Una noche comete esta osadía, en un café de estudiantes de Buenos Aires, y a la mañana siguiente todo el mundo lo sabe: el empresario rompe el contrato, las buenas familias devuelven sus entradas al Teatro Colón y la prensa exige la expulsión inmediata de esta pecadora norteamericana que ha venido a la Argentina a mancillar los símbolos patrios.

Isadora no entiende nada. Ningún francés protestó cuando ella bailó la Marsellesa con un chal rojo por todo vestido. Si se puede bailar una emoción, si se puede bailar una idea, ¿por qué no se puede bailar un himno?

La libertad ofende. Mujer de ojos brillantes, Isadora es enemiga declarada de la escuela, el matrimonio, la danza clásica y de todo lo que enjaule al viento. Ella baila porque baila gozando, y baila lo que quiere, cuando quiere y como quiere, y las orquestas callan ante la música que nace de su cuerpo.


VALENTINO (1926/Nueva York)

Anoche, en una cantina italiana, Rodolfo Valentino cayó fulminado por un banquete de pastas.

Millones de mujeres han quedado viudas en los cinco continentes. Ellas adoraban al fino felino latino en las pantallas-altares de los cines-templos de todos los pueblos y ciudades. Con él cabalgaban hacia el oasis a través del viento del desierto, entraban en trágicos ruedos de toros y misteriosos palacios, bailaban sobre suelo de espejos, se desnudaban el los aposentos del príncipe hindú o del hijo del Sheik: eran atravesadas por la mirada del él, lánguido taladro, y estrujadas por sus brazos se sumergían en hondos lechos de seda.

Él ni se enteraba. Valentino, el dios de Hollywood que fumaba besando y miraba matando, el que cada día recibía mil cartas de amor, era en realidad un hombre que dormía solo y soñaba con la mamá.



OBREGON (1928/Ciudad de México)

En la hacienda del Nàinari, en el valle del Yaqui, aullaban los perros.

Que se callen! –Mandó el general Álvaro Obregón.
Y los perros ladraron más.
­­-¡Que les den de comer! –Mandó el general.
Y los perros no hicieron caso de la comida y siguieron el alboroto.
Échenles carne fresca!

Y tampoco la carne fresca hizo callar a los perros. Y fueron golpeados, pero continuó el clamor de la jauría.

-Yo sé lo que quieren – Dijo entonces resignado obregón.

Esto ocurrió el 17 de mayo. Y el 9 de julio, en Culiacán, estaba Obregón bebiendo un fresco de tamarindo a la sombra de los portales cuando sonaron las campanas de la Catedral y Chuy Andrade, poeta, borracho le dijo:

-Mocho, tocan por ti.
Y al día siguiente, en Escuinapa, después de un festín de tamales barbudos de camarón, estaba Obregón subiendo al tren cuando Elisa Beaven, buena amiga, le apretó el brazo y le pidió, con su voz rasposa:

-No vayas. Te van a matar.
Pero Obregón entró al tren y llegó a la capital. Obregón habría sabido abrirse camino, a tiros y sombrerazos, en los tiempos en que zumbaban las balas como avispas, y había sido matador de matadores y vencedor de vencedores, y había conquistado poder y gloria y dinero sin pagar, a cambio, más precio que la mano que Pancho Villa le voló, de modo que no iba a andarse con vueltas ahora que sabía que se le estaba acabando los días de la vida. Siguió como si nada, pero triste. Había perdido, al fin y al cabo, su única inocencia: La dicha de ignorar su propia muerte.

Hoy, 17 de julio de 1928, dos meses después de que los perros ladraran en Nàinari, un fanático de Cristo Rey mata al reelecto presidente Álvaro Obregón en un restaurante de la ciudad de México.






OBDULIO (1950/Río de Janeiro)

Viene brava la mano, pero Obdulio saco pecho y pisa fuerte y mete pierna. ÉL más crece mientras más ruge la inmensa multitud, enemiga, desde las tribunas.

Sorpresa y duelo en el estadio de Maracaná: el Brasil, goleador, demoledor, favorito de punta a punta, pierde el último partido en el último minuto. Le gana al Uruguay, jugando a muerte. El Uruguay es campeón del mundo por obra y gracia del vozarrón y de las mañas de Obdulio Varela, el capitán, negro mandón y bien plantado, que no se achica.

Al anochecer, Obdulio huye del hotel. Se va a beber por ahí, a celebrar en soledad, pero por todas partes encuentra brasileños llorando.
-Todo fue por Obdulio – dicen, bañados en lágrimas, los que hace unas horas vociferaban en el estadio – Obdulio nos ganó el partido.
Y Obdulio siente estupor por haberles tenido bronca, ahora que los ve de uno a uno. La victoria empieza a pesarle en el lomo. Él arruinó la fiesta de esta buena gente y le viene ganas de pedirles perdón por haber cometido la tremenda maldad de ganar. De modo que sigue caminando por las calles de Río de Janeiro, de bar en bar, y asì amanece, bebiendo, abrazando a los vecinos.


ALMEIDA (1957/El Uvero)

Juan Almeida dice que lleva dentro una alegría que todo el tiempo le hace cosquillas y lo obliga a reír y a saltar, muy porfiada alegría si se tiene en cuenta que Almeida nació pobre y negro en esta isla de playas privadas cerradas a los pobres por pobres y a los negros porque tiñen el agua, y que para más maldición decidió hacerse peón de albañil y poeta, y que por si fueran pocas las complicaciones echo a rodar la vida en este juego de dados de la revolución cubana y fue conquistador de Moncada y condenado a prisión y a destierro y navegante del Granma antes de ser el guerrillero que está siendo y que acaba de recibir dos balazos, no mortales pero jodidos, uno en la pierna izquierda y otro en el hombro, durante el combate de tres horas contra el cuartel del Uvero, a orillas de la mar.



BARRIENTOS (1967/La Paz)

En hombros del Nene, su gigante guardaespaldas, el general René Barrientos atraviesa la ciudad de la Paz. Desde arriba del Nene, va saludando a quienes lo aplauden. Entra en el palacio del gobierno. Sentado en su escritorio, con el Nene detrás, firma decretos que venden a precios de remate el cielo, el suelo y el subsuelo de Bolivia.

Hace diez años, Barrientos estaba pasando una temporada en un manicomio de Washington, DC, cuando le vino a la cabeza la idea de ser presidente de Bolivia. Hizo carrera por la vía del atletismo. Disfrazado de aviador norteamericano, asaltó el poder; y lo ejerce ametrallando obreros y arrasando bibliotecas y salarios.
El matador del Che es gallo cacareador, hombre de tres huevos, cien mujeres y mil hijos. Ningún boliviano ha volado tanto, discurseado tanto ni robado tanto.
En Miami, los exiliados cubanos lo eligen hombre del año.

REVUELTAS (1968/Ciudad de México)

Tiene medio siglo largo, pero cada día comete el delito de ser joven. Está siempre en el centro del alboroto, disparando discursos y manifiestos. José Revueltas denuncia a los dueños del poder en México, que por irremediable odio a todo lo que palpita, crece y cambia, acaban de asesinar trecientos estudiantes en Tlatelolco:
-Los señores del gobierno están muertos. Por eso nos matan.
En México, el poder asimila o aniquila, fulmina de un abrazo o de un balazo: a los respondones que no se dejan meter en el presupuesto, los mete en la tumba o en la cárcel. El incorregible Revueltas vive preso. Rara vez no duerme en celdas y entonces se pasa las noches tendido en algún banco de la alameda o escritorio de la universidad. Los policías lo odian por revolucionario y los dogmáticos por libre; los beatos de izquierda no le perdonan su tendencia a las cantinas. Hace un tiempo, sus camaradas le pusieron un ángel de la guardia, para que salvar a Revueltas de toda tentación, pero el ángel terminó empeñando las alas para pagar las juergas que se corrían juntos.

RUGAMA (1970/Managua)

El altivo poeta, el chaparrito de sotana que comulgaba de pie, dispara hasta el último tiro y cae peleando contra todo un batallón de la dictadura de Somoza.

Leonel Rugama tenía veinte años.

De los amigos, prefería a los jugadores de ajedrez. De los jugadores de Ajedrez a los que pierden por culpa de la muchacha que pasa. De las que pasan a la que queda. De las que quedan a la que todavía no llegó. De los héroes, prefería a los que no dicen que mueren por la patria.

De las patrias, a la nacida de su muerte.

lunes, 27 de mayo de 2013

Sobre una premonición (Pequeña muestra de temores)



Antítesis de un encuentro

                                                                 Abyssus abyssum invocat

No puedo romperte los pasos
Para alcanzarte en la calle en que sembramos nuestros nombres.
Es imposible seguirte y guiarme por tu sombra
Guiarme por las huellas que me dejaste en el pecho.
Aguarda
Y espera a que mis raíces te alcancen
Que mis flores te golpeen con su aroma.
Deja caer el hacha y no sigas besando el filo
Que un día me cortó la sonrisa que nacía sin mascara.
Descansa
Calma la tempestad de tus pasos
Permite que la tormenta de tus impulsos abrace mi calma.
No puedo romperte los pasos
Vas a toda prisa
Como si el verano amenazara con calmar tus tempestades
Y con darle vida a tu sombra de muerte.
No puedo romperte los pasos para alcanzarte
Vas a toda prisa
Pero si puedo romperme los míos
Y dejarte ir a mi encuentro.

Ya no pares.

Nunca ha sido fácil

Nunca ha sido fácil morirse uno
Así como romper un vaso de cristal
Así como quebrarle la rama a un pájaro.
-Es sencillo; solo cierra los ojos y ábrelos nunca.
Es sencillo, sí
Como absorber el fracaso en nuestras manos-
Nunca ha sido fácil
Es mentira
Uno lleva el deseo en el pecho
Y el corazón palpita de burlas hacia uno mismo.
A veces es mejor tirar las cosas
Y dejar que el tiempo las selle y las abone
Y que de ellas nazca un hermoso nido de gusanos
-Es tan fácil como parpadear.
Cierra los ojos, ábrelos nunca-
Nunca ha sido fácil morirse uno
Cuando en realidad estamos muertos.


La última ventana


Cuando me sienta triste
voy a deshilachar mis alientos
o tal vez los deje marchar por si solos.
Cuando este muy alegre
y mi tiempo este por terminar
Voy a tejer más días
o tal vez si tengo suerte
vengan por si solos.
Cuando ya no este ni alegre ni triste
compraré un cuarto
con una sola ventana que apunte al cielo
lastima que lo único que miraré será
tierra y lodo.


Un niño pregunta sobre lo que se va


-¿Ves al pájaro aquel, que cae de la rama?
-Es una canción con alas, escapó de mi boca
-Suena triste, muy triste, su canto es tan oscuro
-Soy yo, he nacido en una noche rota
-El pájaro es mudo y aun así canta y canta
-Soy yo, ¿no lo ves? Canto con el corazón
-Parece que regresa, sin alas y sin canto
-¿No ves que muero y muero dentro de una ilusión?
-¿Ves al pájaro aquel? Esta triste y sólo
- La canción ha terminado. Ya no hay aire en su pulmón.
-¿Viste al pájaro aquél que cayó de la rama?
-…


Moriremos de dolor una mañana alegre


Moriremos de dolor una mañana alegre
La sangre será libre de la cárcel de esta carne
Y nacerá un río rojo
Un río donde los peces se multiplicarán en el comunismo de mis venas.
Moriremos plácidamente
En la hora que el beso que se estampa en la palabra
Deje de ser indició de una amarga despedida
De un adiós definitivo con tintes de esperanza.
Moriremos de dolor
Y los pájaros cantarán de alegría
Pensando en los gusanos que se alimentaran de nosotros.
Moriremos una o mil veces
De eso no hay duda
En una fría mañana alegre
Como la que aun no he tenido
Y que se dibuja en el precipicio de mi mano.


 Regalo de consuelo


Me han ofrecido la muerte
Como se ofrece un colorido ramo de flores
Me la ofrecieron fresca
Y llena de vida como rosa matutina.
-Señor ¿tiene usted eternos floreros negros?
Porque hoy me han ofrecido la muerte
Como se ofrece un fresco ramo de flores
Y lastimosamente no tengo un florero para guardarlas.
Me han ofrecido la muerte como un ramo fresco
Y solo tengo la tierra de mi cuerpo para abonarla.



miércoles, 17 de abril de 2013

LA ÚLTIMA VERDAD





El viejo poeta llegó a la isla por dichosa suerte. Único sobreviviente del huracán asesino que hizo pedazos el barco que tripulaba.

Miró a su alrededor y observó las cosas como si era la primera vez en su vida que abría los ojos. Se sentó y pensó en lo que sería de su vida, pero de nada le servía pensar en árboles frutales, ni verduras, ni nada que pudiera ayudarle a sobrevivir. Cansado de caminar, se tiró al suelo y decidió que si la muerte vendría, cosa que era muy segura, la esperaría sentado, sin caminar, sin correr, sin parpadear, no quería parecer un cobarde y deseaba verle a la cara.

-Bueno – se dijo -Ya que estoy solo y sin nada, haré lo único que me queda hacer; oleré las flores que nunca he olido, escucharé atentamente el lenguaje del viento y de las olas. Mi paladar será el único desafortunado, y por último, recitaré con la mejor entonación posible los poemas que siempre me han acompañado.

Terminó cansado de oler las flores, de tocar cosas viejas, de escuchar la voz del viento y de mirar al sol. Después de no comer ni beber nada en cuatro días, tan solo le quedaba hacer lo que según él le quedaba por hacer; Recitar. Comenzó a palabrear y se miraba absurdo, ridículo, loco, completamente loco, aunque no había perdido la cordura. Nunca estuvo más cuerdo que en ese momento. Y con su gran imaginación de poeta, idealizó un gran público y dijo en voz alta lo siguiente –Estos poemas son para ustedes más que para mí, mis únicos herederos.

Y comenzó por Dante, luego Petrarca, Lope, Quevedo, Cetina. Y así iba como caminando por el tiempo. Que Nerval, Werther, Byron, Espronceda, Verlaine, Baudelaire, hasta llegar a sus propios poemas y las horas clavaban sus segundos en cada parte viva de aquel viejo para matarlo poco a poco, así de a poquitos, como le gusta al tiempo matarlo a uno. Después de largas horas de poesía, no se escuchaban aplausos, ni comentarios, ni siquiera reproches, y esto le pareció extremadamente aburrido y deseaba fervientemente que por lo menos estuviesen ahí, sus críticos más ponzoñosos.

Luego de unas horas estaba tan enfermo y loco que al levantar la vista dijo:
-Puta… recité tanto que los aburrí, con razón ya no hay nadie, si por lo menos hubiera hablado dos cosas que ellos querían escuchar no me hubieran dejado solo, ¡Soy un pendejo! ¡Soy un pendejo! !Soy un pendejo!...

Y así iba de reproche en reproche. No me terminaron de contar su historia, pero me entristeció mucho que hasta el final de su vida se hubiera dado cuenta de quien había sido.



domingo, 10 de marzo de 2013

LA VENGANZA



LA VENGANZA


Lucas sale del trabajo muy molesto “El día es pesado” –dice “el día es pesado como la tierra misma” Y siente bajo su lengua un poco de esa amarga tierra que le hace escupir como un maníaco  cada tantos segundos, cada tantos pedacitos de tierra en cada escupida. Va directo al café, solo ahí siente una tranquilidad después de la pesada jornada. Lo pide fuerte, doble… dos dobles. Saca un libro mediocre, lee unas cuantas páginas, no aprende nada, pero es obstinado en perder el tiempo. Frente a la mesa pasa Virginia, él sonríe y levanta su mano, la agita frenéticamente para saludar. Ella lo ignora. ¿Por qué? ¿en qué momento le ha tratado de alguna manera no grata para que esta lo ignore? “Mujeres idiotas” –Dice “Al fin y al cabo mujeres” Se levanta de repente, el sabor amargo se acrecentá en sus paladar .Escupe, otro pedazo de tierra húmeda sobre el suelo. Llega a casa pero esta confundido, no sabe con certeza porque esta ahí, no sabe en realidad si esa es su casa. Cuando entra se siente más confundido que nunca, las cosas alrededor le dan un poco de repugnancia, el color de las paredes le molesta sobremanera. -Algo pasa -Se dice consternado, y va sintiendo un asco profundo cada vez que mira alrededor, cada vez que se ve las sucias manos. Entra al baño y se moja el rostro como para salir del sopor que le embriaga y entonces se escucha un grito salir de su boca.  Se ha visto al espejo con odio, escupe directamente al reflejo. Se escucha un golpe y sus nudillos están ensangrentados. No es él quien esta ahí. Se mira sin mirarse, el rostro en el espejo es el de Rosendo Montes, el hombre que mató a su mujer en la noche más oscura de todas. La noche en que esta le dijo que no quería nada con él porque estaba enamorada de su esposo, de su Lucas que tanto la adoraba. Está demasiado consternado, se cree en una pesadilla. Mira el reflejo del televisor y de repente  se escuchan los pedazos de vidrio del monitor cayendo al suelo. Lucas entra al baño y se deja empapar por completo. Cree que la tensión le ha producido esa terrible escena. Entra a la cocina sin ganas de seguir mirándose, pero la curiosidad es poderosa. Se mira en la tapadera de una olla, y se escucha la explosión del metal sobre la pared. Vuelve corriendo a su cuarto, coge el espejo que hay en su gaveta. Se mira de nuevo y se observa con tanto odio, que sus ideas de venganza comienzan a tomar color y forma. Toma un cuchillo y mirándose al espejo comienza a arrancarse una oreja, el dolor toca la puerta pero el odio no le abre. Se ve un poco satisfecho “Hijo de puta” Se dice al mirarse sin mirarse. Se mete el cuchillo en la boca y mira como sale la punta por la mejilla izquierda y como ésta avanza hasta llegar a la comisura de los labios. La sangre brota por montones, el suelo se inunda en un mar rojo. Cuando se mira de nuevo sonríe, dolorosamente se nota una sonrisa en la parte del rostro que aun no se ha cortado. Mira con sus ojos otros ojos. Con la determinación de terminar lo que se comienza, se corta uno, un homenaje al perro andaluz, se corta la pupila y se acerca un paso a la ceguera. Duele demasiado, grita como un loco. Se toca el rostro y con su único ojo puede ver sus manos ensangrentadas. Pero no importa el dolor, había podido vengarse. “hijo de la gran puta un día me las ibas a pagar” se decía fuera de si mismo, ¿Pero, quien no podría estar fuera de si en esa situación? Lucas cae al suelo, la fuerza comienza a escapársele de a chorritos. Desea verse al espejo por ultima vez, busca el pequeño espejo que se ha caído de sus manos, mira bien y ve un rostro desfigurado. Una escena espantosa se refleja sobre el único cristal vivo en la casa. Mira su rostro y se reconoce, se lo acerca y a quien mira es a Lucas, el mismo que salió esa tarde del trabajo con ese sabor amargo y ese peso sobre los hombros que le agobiaba, el mismo Lucas, que la noche anterior había asesinado a una mujer solo porque le había dicho que ya no seguiría más con él, porque amaba a su esposo tanto como él la amaba. Lucas sonrió, se notaba únicamente porque dejo escapar el sonido de una sonrisa. Ya su rostro solo era una escena de horror. Pero se sentía feliz, había matado lo que más odiaba. “Hijo de puta” -Se repetía como un loco “Bien sabía que me las tenías que pagar”.

jueves, 28 de febrero de 2013

EL SICARIO JOE (Noé Lima)




Usa la navaja de su padre
la oxidada biblia debajo de la faja
él aprendió en la infancia
cómo cortarle el hambre a los peces dormidos de sus manos
lo hizo de un tajo siempre
cuando la úlcera apretaba al ombligo náufrago de la noche
los dientes cariados esparcían algún roído poema en el aire
el apretón de la puerta al encerrar al silencio
a lo sumo
al llanto
el sicario Joe
apenas sabe leer
sabe nada más el peso del alfabeto cuando mata
las letras de cada nombre en las estrías de la navaja
apenas puede medirle la sonrisa a sus huesos
el ecuador a una bala susurrándole a cada víctima
la nostalgia de los inviernos
el sicario Joe
apenas recuerda cómo oler pegamento
para dejar de comerse la uñas
lo difícil que es vivir a los quince años
con la suela confesora de la última escaramuza
apenas recuerda el olor del humo de la cocina
la última huella de su madre
esa disecada niebla
que en prisión camina más lento en los espejos.







NOÉ LIMA
Nació en Ahuachapán, noviembre 21 de 1971. Escritor, poeta y pintor. Noé Lima fue miembro fundador y director del grupo literario TECPAN (Universidad Doctor José Matías Delgado), y desde 1994 participa en diversos recitales, encuentros y conversatorios dentro y fuera del país, entre ellos “Manisfestarte”, “Barrilete”, “Industrial” y recientemente “VIII Encuentro Internacional de Escritores Eunice Odio”. Ha participado en más de una docena de exposiciones colectivas en el área de las artes plásticas. Colaboró en la antología del grupo literario “Lugar donde duerme la campana del amor”. Ha publicado en diversos suplementos culturales, aparece en diversas antologías de poesía, fue  coordinador del suplemento cultural ALTAZOR del diario El Mundo de El Salvador. Finalmente, también, ha publicado su primer libro “Efecto Residual”(Ediciones Mundo Bizarro, Guatemala 2004) y tiene en preparación las siguientes obras: “El Alma del viento”, “El ojo de la ira”, “tempestades” y “Morbo”.





domingo, 10 de febrero de 2013

LA MAQUINA DE MATAR




   Cuando el capitán les hablaba a sus hombres, siempre daba a entender sus órdenes de la manera más fácil y adecuada, para que éstos, no tuvieran la menor duda sobre lo que se les pedía. A veces tenía que repetírselos dos o tres veces hasta que entendieran, pero si no entendían por palabras, entendían con los golpes que el salvaje les repartía como premio a su estupidez.

   -Maten a esos hijos de puta, a todos los que puedan. Sean valientes y encárguense que ésta sea la última vez que esos amantes de la calle se queden en ella para siempre. Ellos lo agradecerán, porque mirarán en su acción el momento de su gloría. Ellos esperan esas balas para ser mártires de la patria, para poder ser recordados eternamente. Y a los que griten misericordia, a esos hijos de puta dispárenles por cobardes, esos solo andan en las calles para aprovecharse de los tipos esos que morirán por esa su causa, a ellos dispárenles tantas veces, hasta que ya no se muevan ¿Entendido?
   -Si capitán

   Todos estaban listos, y no sentían el temor que minutos antes del discurso de su capitán les comía los huesos y les paralizaba la mano, ante el hecho de pensar en un acto tan violento como el de quitarle la vida a otro humano. Todos estaban programados como unas maquinas de carnicería, lista para demoler la carne que tuvieran frente a ellos. Salieron a la calle y comenzaron su trabajo. Pero por el otro lado, las personas que salían a la calle a protestar, sabían muy bien que al mirar al primer hombre uniformado como militar o policía, debían salir corriendo y escapar para salvar sus vidas. No tenían que esperar que les dijeran las cosas dos o tres veces. Ellos no eran imbéciles.

   Cuando por una esquina del aeropuerto miraron a los uniformados, todos corrieron presurosamente. Los mártires que según el capitán esperarían a sus verdugos para alcanzar la gloria, eran los primeros que habían acelerado el paso. Los supuestos mártires eran humanos y ellos sabían que servían más vivos que muertos. Los soldados, creían que su capitán les había tomado el pelo, al decirles que habría hombres dispuestos a morir; miraban nada más un remolino de hombres y mujeres de todas las edades que parecían espantados al verles. Ellos, que nada más eran hombres que cumplían órdenes. Ellos, que no eran ningunos monstruos de mierda como les gritaban algunos. Ellos, que eran la ley y el orden y como tal tenían que hacerla cumplir, ya sea por las buenas o por las malas o por las peores.

   Comenzaron los disparos, la gente que era alcanzada por las balas caía, ya sea por las aceras, por las calles, o su cuerpo rígido quedaba debajo de algún carro. Pero entre toda esa masa de soldados se encontraba uno que no quería obedecer la orden. Desde pequeño, su madre le regañaba o le jalaba las orejas, si con sus otros amigos maltrataban a cualquier animal. Un día llegó contento donde su madre, le llevaba una gallina recién muerta para poder comer. Tenían mucha hambre. La madre, que con mucha necesidad del alimento se hubiera acercado a su pequeño hijo y le hubiese dado una caricia por agradecimiento, le agarró de las orejas, lo desnudó y con un lazo mojado comenzó a golpearlo tantas veces, que el pequeño se juró nunca matar a ningún pobre animalito, aunque se estuviera muriendo del hambre. Así que si Juan se miraba casi imposibilitado de quitarle la vida a un animal, mucho menos se la quitaría a un humano.

    Pero no podía dejar que sus compañeros miraran en él algún signo de cobardía, entonces fijó su mirada en uno de los tantos jóvenes y echó a correr tras él. El joven que sabía lo que le esperaba si el soldado le alcanzaba, comenzó a correr presurosamente. Parecía que competía en una de esas maratones que hacen por la vida, solo que esta era mucho más importante, ésta era por su vida. Corrió tan aprisa, que llegó a las brisas en menos de tres minutos, Juan, que estaba acostumbrado al ejercicio diario, no dejaba que el joven le tomara mucha ventaja y siempre le tenía en la mira. Diez minutos después ya iban por La San Ángel. Otros diez minutos después, pasaban por Prados Universitarios y aquella carrera que parecía que nunca acabaría, era digna de televisarse, por la fuerza y la tenacidad que demostraban los dos competidores. Mientras Juan se acercaba al joven, pensaba en gritarle que no se preocupara, que dejara descansar su paso, porque no tenía ninguna intención de dispararle. Quería decirle que solamente esperaba alejarse del grupo para que sus compañeros lo miraran tratando de alcanzar a uno de los tantos manifestantes, y ya que no había nadie cerca, intentaba gritarle que no tenía nada que temer, pero por la velocidad y la distancia que llevaban, la poca saliva le impedía poder pronunciar palabra alguna. Ya iban por La 21 de octubre, cuando miró que el joven tambaleaba, pero aun así la voluntad de salvar su vida permanecía intacta. Juan trató de juntar todas sus fuerzas para acercarse lo suficiente, como para poder susurrarle al joven que no temiera, pero el otro, al sentir que los pasos de la botas sonaban más cerca, se alejaba como un loco del infierno que sentía a sus espaldas. Ya estaban llegando al desvío de Santa lucia, a 33Km del punto de partida,  cuando de repente el joven cayó al suelo. Juan se acercó casi arrastrando sus botas, la monstruosidad de sus pasos. Siguió caminando hacia el joven, sus botas no sonaban tan violentamente, porque de tanto correr y correr las plantías de éstas, más parecían una goma de mascar. Al estar a la par del chico, se acercó y le dijo con la voz más cansada y suave del mundo:
   -No corras… No te voy a hacer nada… No soy capaz de hacerle nada a nadie.

Pero el joven no respondió. Juan se acercó para mirarlo bien, y de pronto, consternado, comenzó a arrancarse los pocos pelos que tenía en su cabeza. El joven estaba muerto. Juan lo había matado de cansancio.

martes, 22 de enero de 2013

RELATO DE UNA ESPERA Y UN DESESPERADO


                                                                                               
                                        
                                                                                                                                                                         
                                     

                                                                                   Los hombres ¿No viven esperando y haciendo esperar?

                                                                                                                                                                                                                                                                                                 Mishima



Eran casi las siete, y no se miraba que la joven de sonrisa amplía se acercara por ninguna esquina. Gabriel la esperaba como el que ha tenido una noche eterna y espera el amanecer. Miraba a las personas como para distraerse, pero siempre relacionaba cualquier pequeño detalle para recordar de nuevo. –Esos zapatos son los mismos que andaba puestos cuando la miré por primera vez, y ese celular que suena, tiene el mismo sonido que tiene el suyo… ¿Por qué no existe una máquina que adelante el tiempo y nos evite la estúpida manía de esperar, sin hacer nada?. –Pensaba. Astutamente según él.

 Llegaron las siete y las esquinas siempre estaban llenas de rostros que no tenían ninguna importancia para él. Mantenía siempre un libro como para distraerse en su lectura, pero en esos momentos sus vista era como un trozo de madera flotando sobre un inmenso mar, sin más que ir y venir al son de las olas. Al darse cuenta que no ponía nada de atención, pensó: “Sería increíble tener un libro que tenga la historia de lo que esta haciendo la persona a quien se espera en tiempo real” y sonreía lentamente, como imaginándose que en ese momento leía que ella estaba caminando bajo un árbol de cedro, y que el farol que estaba próximo al árbol, iluminaba suavemente el lado derecho de su rostro. Cada persona que pasaba le dejaba el recuerdo, que alguien esperaba por ellos en algún lugar y se reprochaba al ver que se tardaban en comprar cualquier tontería “Les interesa más comprar un dulce o un cono, aun sabiendo que alguien los espera. ¡Idiotas! eso es lo que son, unos completos idiotas”. Pero lo que más le molestaba, era el hecho de saber, que era más idiota aquel, que aun sabiendo que lo que se espera nunca ha de llegar, sigue estático, como el árbol  frente al golpe del leñador. Pasaron treinta minutos y la pequeña caja de cigarrillos que tenía, estaba hecha pedazos bajo sus pies. Cada persona que pasaba frente a él se le hacia más detestable, y pensaba que si no fuera por culpa de ellos, que retrasaban por el camino a la joven, ya estaría ahí, diciéndole con una sonrisa amable que no fuera un desesperado, que los que se desesperan nunca consiguen nada. Pero ya no podía esperar más, una cosa, es ser un idiota por un rato, otra, serlo toda la vida. Y se levantó mirando a cada esquina y a todos los rostros que no le interesaba ver nunca más.

                                                                                                                           

Al doblar a la esquina de la calle, miró que María se acercaba con su sonrisa amplia, y con su mirada que lo iluminaba todo.
-¿Por qué has tardado tanto?
-Solo me retrasé diez minutos, ¿Por qué siempre sos tan desesperado?
-Hay muchos hombres que han muerto esperando algo, yo no quiero morir esperando nada.
-¿Ni a mí?
-¿Por qué preguntas cosas de las que ya sabes la respuesta? No seas tan insegura, a vos te esperaría más de lo normal, pero eso sí, si sé que estoy a punto de partir para siempre, no esperaría a nada ni a nadie.
-Gabriel, Gabriel… Sos un hombre tan terco y eso te hace tan interesante.
-Y vos sos una mujer tan tardada y eso te hace tan desesperante.
-¿De verdad, estás molesto porque tardé diez minutos?
-Para vos el tiempo es tan insignificante. Todas las mujeres hermosas creen que su belleza será eterna, y ni siquiera aprovechan el cortísimo tiempo que se les regala para disfrutar su juventud y todo por estar frente a un estúpido espejo que ni siquiera puede decirles nada sobre su belleza. Ustedes son incomprensibles.
-Mejor caminemos un poco, me parece que te hace falta caminar y hablar. Deja de reprocharme diez minutos, si querés te regalaré mil horas, pero no te quejes más.
-¿Escuchaste lo que acabas de decir? ¡Mil horas! Regalar mil horas como si las horas fueran nada, como si fueran monedas que reparte cualquier millonario a los pordioseros. Me asusta tu insensatez, me asusta tu confianza de larga vida. ¿Y si te morís hoy, y si hubieras muerto en el lapso de esos diez minutos que te tardaste?
-Vos estás mal, no pienso perder mí tiempo peleando con vos.
-¿Ahora si le das valor al tiempo? Sos tan ignorante que no sabes el valor de las discusiones en la vida. Si el humano no discutiera, no llegaría al conocimiento, no hubiera descubierto miles de verdades y secretos. Mil horas discutiendo, valen más que estar sentados frente a un millón de atardeceres sin decirnos nada. Guardar silencio es de las formas más grandes de perder el tiempo.
-¿Entonces discutiendo se gana el tiempo?
-No se gana, se aprovecha y eso es más que suficiente para seres que pueden morir a cualquier instante.
-Pero no seas tan trágico, olvida a la muerte, déjala en paz,
-¿Cuándo ha dejado la muerte en paz a la humanidad? ¿Y vos queres que la deje en paz? Por lo menos el día que me lleve, sabrá que estaba hablando mal de ella, y espero que por lo menos se sienta mal.
-Qué cosas las que decís… el hecho de vivir es para mi más importante que martirizarme pensando que la muerte vendrá y que mi tiempo terminará o que yo terminaré para mi tiempo.
-¿Vos qué sabes de la vida? Vos te conformas con desojar margaritas, sos feliz dialogando con estúpidas flores que lo único que saben decir es “si” y “no”. Vos sos feliz mirando amaneceres y atardeceres, pero ¿Vos crees que al sol le importa si lo miras ir y venir? Ha de pensar que sos la persona más ociosa del mundo.
-Si esta es tu manera de aprovechar el tiempo, aprovéchalo solo.
-El tiempo se aprovecha mejor discutiendo, no te vayas, solo así aprenderás lo importante que es aprovechar la vida. Mira que en esa esquina, puede estarnos esperando la muerte y si nos escucha hablando sobre la importancia del tiempo a lo mejor no nos lleva por ser consientes de cada minuto que vivimos. 
-Si la muerte está en esa esquina, cortaré una margarita y dejaré que sea mi destino “me lleva” “no me lleva” “me lleva” “no me lleva” y mientras ella se ríe al verme repetir esas frases, comenzaré a correr y aprovecharé para escapar.
-Jajá jajá
-Bien que te reís verdad, por lo menos te saqué una sonrisa, solo por eso acompáñame a ver el atardecer.
-Vamos, pero llevá una margarita, que si la muerte llega, ya sabemos cómo escapar de ella.