lunes, 13 de junio de 2016
ESA MALA FLOR LLAMADA POESÍA
viernes, 4 de diciembre de 2015
Oscar Acosta, el último bibliófilo de un país sin libros
Ludwing Varela
Sí, bien sabemos
que Oscar Acosta fue un hombre que se dedicó de lleno a la literatura; poeta,
cuentista y ensayista. Que ganó varios premios nacionales e internacionales y que fue jurado
de muchos otros de gran importancia. También sabemos que fue fundador de una de
las editoriales más importantes de los sesentas y que junto a Pompeyo del Valle
y Roberto Sosa recopiló algunas valiosas antologías de poesía y una de cuentos,
que marcaron una línea entre un modernismo y pos modernismo a una tardía
vanguardia. Fue también un recopilador de obras completas de grandes autores hondureños
que hoy estarían en el olvido si no fuera por su buen ojo y sus gigantescas ganas
de pelear contra el olvido. Que fue diplomático, director de la academia de la
lengua etc. Todo eso se conoce de él y se ha dicho en varias conferencias,
homenajes, y en pequeños artículos redundantes como los que podrán encontrar en
este libro. Pero había una pasión más en la vida de Oscar Acosta, una pasión
que lo hizo tener una de las bibliotecas más impresionantes de Honduras y
podría decirse de Centroamérica. El libro, para Acosta, no solo eran líneas que
desarrollaban ideas bajo la forma de párrafos o versos. El libro para él, tenía
un valor agregado, y era la forma material, el objeto en sí mismo. Un día le pregunté que sentía al tener una
primera edición en las manos – Cuando uno se enamora y toma por vez primera
entre sus manos las manos de la que uno ama –Me respondió. Y esa experiencia se
repetía constantemente cuando tenía entre sus manos primeras ediciones de
Neruda, Vallejo, Huidobro, Mistral, Darío, Alfonso Reyes, Lorca o ediciones antiguas del Quijote, de la
Divina Comedia o de la Ilíada. Oscar Acosta no escatimaba en gastos para darse
esos placeres, y podría pensarse que en todo esto hay de parte del bibliófilo
una gran vanidad, pero Acosta era de los que no decía mucho sobre sus libros,
claro que a sus amigos personales les comentaba sus hallazgos, la alegría que
se comparte sabe mejor, o se multiplica, pero no era su intención la de
mostrarle al vulgo su magnífica colección, y menos en un país donde ya de por
si el libro es un objeto encaminado al olvido. Oscar Acosta tenía por costumbre
comprar dos ejemplares de los libros que más le importaban –Hombre prevenido
vale por dos -Decía. Por eso mencionaba
antes que él no escatimaba en pagar por sus libros y era porque conocía el
valor de los mismos. Así que en la soledad
de su biblioteca, cuando él tenía al silencio como único amigo, se enternecía
al tener otra vez entre sus manos, los libros con los que sentía ese mágico
roce que solo se siente cuando estamos llenos de una emoción parecida al amor,
pero ¿Por qué no amar a los libros si dicen que son los mejores amigos del
hombre? No dudaría en decir que Oscar Acosta es el último bibliófilo sincero en
el país. Quedamos algunos que también apreciamos los libros, que también
guardamos con celo algunas raras o primeras ediciones, pero la vanidad es la
que nos mueve a llenarnos de libros que
ni siquiera leemos, ya que hasta tenemos miedo de abrir sus páginas para que estos no se maltraten, nos
mueve la material vanidad de mostrarle a muchos ciegos lo poco que tenemos. Hay
que aprender mucho del poeta y como él, embriagarnos de ese amor puro y sincero
que se tiene cuando en la soledad tenemos entre nuestras manos la mano de la
que amamos, o también, cómo no, los libros que tanto amamos.
Este artículo debía aparecer en el libro recientemente publicado y titulado "Oscar Acosta: Lucidez Creativa" pero mi responsable irresponsabilidad hizo que en vez de eso usted lo leyera aquí.
miércoles, 23 de septiembre de 2015
EL MAYOR ASESINO DEL MUNDO
Carlitos miraba con un fervor
casi religioso la televisión. Perdido frente a ese mundo absurdo e irreal, fue
cuando su vida cambió para siempre. Miraba un programa, de esos que nos hacen
ver que la vida debe ser algo frío y egoísta y escuchó a la voz del
comentarista decir; “Nacemos, crecemos, morimos. Así fue, es y será. Y pelear
en contra de eso, es oponerse a la dictadura de la naturaleza. Por eso los
leones matan a sus presas para sobrevivir, en fin, muchos mueren, para que
otros vivan. Los débiles mueren para que los fuertes vivan”.
Carlitos nunca olvidó esas frías palabras,
quedaron tatuadas en su pequeña alma. Salió de su casa y al
jugar en el
patio observó a
muchas hormigas que entraban y salían de su cocina con
algunas migajas de pan, y él lo miró como desde ese día miraría las cosas.
Sintió que lo estaban asaltando, que le robaban el sustento diario y repitió
como hipnotizado lo que había escuchado “Muchos mueren, para que otros vivan.”
Entonces agarró un bote con gas, tiró el
líquido sobre las hormigas y les prendió fuego. Se sintió tan bien, tan
ayudante de la naturaleza, que pensó que era de los que nacieron para mantener
el equilibrio global.
Iba creciendo y tras de sí dejaba una gran
sombra de muerte. Comenzó a matar todo tipo de animales; que mataba pájaros por
agujerear los árboles, que perros por comer gatos, que gatos por comer ratones
y así iba exterminando todo tipo de criatura que nada más seguía sus instintos.
Para Carlitos asesinar se había vuelto algo
muy normal, y no estaba tranquilo si no le ayudaba a la madre naturaleza a
mantener el equilibrio. Ya se creía imprescindible para el mundo. Había matado
más insectos que la cantidad de personas que habían muerto en los campos de
concentración. En sus cuentas se contaban; 69 perros, 42 gatos, 87 ratones, 56
pájaros. Y al mirar su lista, pensaba que si no hubiera trabajado, el mundo
sería un caos.
Hace no muchos días, al salir de la escuela
un carro lo arroyó y Carlitos murió al instante. Me dolió mucho ver como
enterraban a mi pequeño hermano, pero a la vez me tranquiliza que haya muerto
de tan solo 10 años, porque estoy seguro que de un momento a otro, en un día no
muy lejano, se daría cuenta que yo también afectaba el equilibrio y entonces me
habría asesinado.
miércoles, 26 de noviembre de 2014
7 VIDAS (A Picasso)
Estaba
cansado de tener que enterrar a los gatos de mi chica. Uno a uno morían ya sea
envenenados o golpeados. Luego que muriera Dartañan, hace casi dos años, le
siguieron una lista de nombres que aruñan el recuerdo de mi querida. Y me
tocaba cargar con ellos, cargar con una
pala y buscar un terreno libre y suave en donde pudiera enterrar a los felinos
que ronroneaban en el hogar. Estaba cansado, porque cuando llegué a esta casa
eran 16 gatos, y eso equivale a verla
llorar 16 veces, y a mí me pesaba más su llanto que la perra muerte mordiendo
la vida de todos esos gatos. Así que hace un mes conseguí una hermosa 38 cañón
corto, en realidad esperaba descubrir al cabronazo que envenenaba a nuestros
gatos, y cobrarle todo el llanto de mi chica y el sudor que me costó cargar con
los animales, las herramientas y hacer los profundos hoyos dónde enterré sus
rígidos cuerpos. El último de ellos se llamaba Picasso, un pequeño gato negro
que últimamente buscaba su comida fuera del hogar. A lo mejor se cansó de la
comodidad de estos muebles y de que siempre le sirvieran las cosas en la boca.
A lo mejor se enamoró de alguna de esas gatas astutas que rondan los techos de
los vecinos y por eso jugaba cada vez menos con mi pequeño hijo, quien nombraba
a Picasso con un “mamá” que nos hacía reír, ya que a su madre no la nombraba
con el mismo sustantivo. Ayer me dio por
quedarme escondido, mientras
fumaba un cigarrillo sobre un árbol cerca de la casa, ya eran pasadas
las 12 de la noche y no había nadie en las calles. A lo lejos vi venir a un
chico con aspecto de patinador, al acercarse lo escuché como blasfemando contra
no sé quién. El pequeño Picasso salió en
ese momento y comenzó a maullar como llamando la atención de la gata por la
cual se ausentaba más y más de casa, pero de pronto el maullido fue apagado por un golpe seco que le
propinó el chico blasfemo. Me tiré del árbol sin decir nada, el chico se
impresionó al ver que no estaba solo y que yo era testigo de lo que había
sucedido. Me acerqué a Picasso, lo levanté y comenzó a convulsionar, a
estirarse violentamente en pausas de unos 10 segundos y a abrir toda su boca
como tratando de aspirar todo el aire que encarcelaba la atmosfera. El chico
estaba tras de mí como si nada. Lo miré como a alguien querido que partió hace ya mucho tiempo y que ahora
regresaba para calmar mis ansias de esperar tanto y tanto. Saqué mi revolver y
le apunte a las piernas.
-Hace
mucho que te estaba esperando –Le dije.
-¿A
mí? ¿Hablas en serio? Ni siquiera me conoces.
-Te
conozco desde que venías unos 100 pasos atrás y eso es suficiente para
encariñarme de alguien o suficiente para odiarlo. La cagada es que para tu mala
suerte te tocó mi segunda opción. No intentes moverte cabrón, si lo haces te
disparo. El chico no se tomó mis palabras nada enserio. Seguramente venía de
fumarse un porro y pensó que si jalaba el gatillo, de mi pistola saldría una
banderita en la que estaría escrito “Peace & love” y entonces sonriendo
pasó a mi lado como quien no mira a nadie. Eso era lo que en realidad estaba
esperando, que el muy hijo de puta me retara de cualquier forma, así que apunté
al pie con el que había pateado a mi gato y le dejé ir el primer balazo. Estoy
seguro que se escuchó más el grito que el disparo, pero me acerqué a él
rápidamente y le puse mi mano desocupada sobre su boca amenazándole que si
gritaba una vez más acompañaría en ese mismo instante al desafortunado de
Picasso. Hizo caso como si lo hubieran educado para ser el chico más obediente
del planeta. Le dije que recogiera el cuerpo del gato, lo hizo arrastrando su
pie ensangrentado, y lo hice que me siguiera hasta el parqueo de mi casa.
Por eso del amor a los gatos yo había comprado
un traje de un gato, le dije al chico
que se lo pusiera. Se tardó más de lo normal porque al quitarse su zapato
deportivo, miró el agujero en su pie derecho y la sangre que salía como
liberándose de esa mala carne que la contenía. Lo hice entrar en la casa,
levanté a mi hijo para que mirara a su nueva mascota. –Tenes que maullar hijo
de puta, si no lo haces bien te voy a sacar de aquí y te voy a descargar esta
mierda. No intentes ninguna pendejada o te jodo hijo de puta. El tipo comenzó a
maullar entre sollozos, mi hijo lo miraba absorto, fijamente, como cuando se ve
algo por vez primera. El tipo maullaba y maullaba pero ninguna sonrisa, ningún
“mamá” adornaba la boca de mi pequeño. Hasta que de pronto el dolor hizo que el
tipo se moviera un poco bruscamente, así que el pequeño comenzó a llorar, y en
realidad no sé si lo hacía por la ridícula forma en que trataba de engañarlo o
porque en realidad sentía la ausencia de su primera mascota. Eso me encabronó y
entonces saqué al chico de la casa, le dije que tomará las herramientas, que
tomara el cuerpo del gato y que me siguiera hasta el cementerio de mascotas que
él mismo, sin imaginarse, me había ayudado a construir. El lugar no quedaba
largo de casa, en realidad uno se podía tardar en llegar unos 5 minutos, pero
esta vez tardé 20 minutos porque el chico arrastraba el pie herido y se quejaba
del peso de las herramientas. Llegamos al lugar, él temblaba dentro de ese
traje, parecía que los mismos pelos del traje estaban erizados, el miedo y la
sangre se podían oler en el ambiente. –Dejáme ir por favor – Me dijo con la voz
quebrada de miedo. Le hice señas para que comenzara a cavar el hoyo para
enterrar a Picasso. El tipo se esforzaba desmedidamente, quiso quitarse el
traje para poder agarrar mejor la barra y la pala pero no se lo permití. Me
imagino que el trabajo, el miedo y el calor por esta metido dentro del traje,
lo hacían sudar por las 15 veces que el hijo de puta me había hecho sudar a mí
al enterrar a esos indefensos animales. Pasaba el tiempo y miraba que la fuerza
se le escapaba al tipo por el pequeño agujero que tenía en su pie. Se tiró al
suelo y lloró como un gato en celo. Lloraba, porque cuando me decía si era
suficiente el hoyo para el gatito, yo le repetía que no y le apuntaba con una
mirada intimidante. Luego de un par de horas, el hoyo era tan grande que en él
cabía un gato de gran tamaño. Miré a la figura frente a mí, peluda y maloliente
ya que se había cagado del miedo. Sin duda ya no era un hombre, y si un día lo
fue, esa noche había dejado de serlo. Lo miré fijamente mientras el tipo se
quejaba como maullando y le dije -Hoy es tu día de suerte hijo de puta ¡Sos un
suertudo de mierda!- Y le descargué los otros 5 tiros, cayó al hoyo que había
cavado y me fui con las satisfacción que el tipo no volvería a hacer lo mismo.
Si no tuvieran 7 vidas los gatos, les
aseguro que nunca le hubiera disparado 6 veces ¡Pero qué suerte la del hijo de
puta ese! ¡Qué suerte que me faltara una bala!
martes, 14 de octubre de 2014
Adelanto de una Premonición
Aquí les dejo una pequeña muestra de mi premonición. Sientense, lean, y....
"La Historia lo registra desde sus mismos orígenes. Las civilizaciones
más antiguas guardan memoria de su paso por el mundo y de su propia extinción
en palabras, imágenes, en ruinas. Allí palpita aún lo vivo y lo muerto de cada
una de aquéllas. Los trágicos griegos fueron aún más allá: reivindicar la muerte a costa del destino
humano, a sobreponerla sobre todas las cosas, aún a sabiendas de que todo
castigo no es más que una negación de la libertad, bien supremo que ni los
dioses mismos han podido abolir.
Fabricio Estrada
.
HOY ME ES DIFÍCIL SER BUENO
Valga este
despropósito existencialista para entrar en la materia, no por extraña menos conocida, de
este libro de Ludwing Varela, “Premonición del extinguido”, una especie de encantamiento
verbal por lo luctuoso y lo sórdido que
nos deparan la vida y la muerte, así estrábicamente vistas juntas, complementariamente cómplices.
Llama la atención el desparpajo inocente e irredento
por igual, con que este joven poeta “juega” a su “estar” en este mundo, vivo y
muerto lo mismo da. Lo importante es su declaratoria vivencial, casi profética,
ese afán hedonista por lucir sus mejores galas “del primer caído”.
“Necesito morir de a ratos”, confiesa el poeta. Si
uno no conociera a Ludwing -un joven poeta con una larga vida y obra por
delante- podría caer en la trampa y creer que nos habla un personaje de la
estirpe de Job, curtido de culpas y arrepentimientos. “Nunca ha sido fácil
morirse uno”, murmura por ahí, entre versos más bien flamantemente vívidos y
frescos. Pero más de alguno caerá en la trampa, y quien caiga encontrará allá
en el fondo, entre el trasfondo de la vida, al propio Ludwing… muerto de risa".
Rigoberto Paredes
"Premonición
del Extinguido, es el vuelo al ritmo de un parpadeo, sujeto a la velocidad de
un segundo, donde las señales están dibujadas sobre un cuerpo de paredes
transparentes, añorando llenar los vacíos de los lugares concebidos, palabras
que se recogen con olor a despedida de quien se sabe el que desaparece, porque
este lugar degolla nuestras imágenes para no saber donde terminan los días. Una
despedida que vendrá en una mañana, despertada por una canción ¿Quién sabe si
es triste o alegre? nos invadirá una sensación a nuestro cuerpo, importa el
ritmo, la transición a desengañarnos, porque las palabras abundan y es
necesario encontrar donde colgar las últimas, antes de que el tiempo nos deje
caer con su peso."
Pedro Chavajay G
"...poesía buena, conciente, de alto contenido estético, una poesía que se escucha lírica en su forma pero que en el fondo esconde una navaja posmoderna con ciertos óxidos para los gustos refinados del canon".
"...poesía buena, conciente, de alto contenido estético, una poesía que se escucha lírica en su forma pero que en el fondo esconde una navaja posmoderna con ciertos óxidos para los gustos refinados del canon".
Fabricio Estrada
Moriremos de dolor una mañana alegre
Moriremos de dolor una mañana alegre
La sangre será libre de la cárcel de
esta carne
Y nacerá un río rojo
Un río donde los peces se
multiplicarán en el comunismo de mis venas.
Moriremos plácidamente
En la hora que el beso que se estampa
en la palabra
Deje de ser indició de una amarga
despedida
De un adiós definitivo con tintes de
esperanza.
Moriremos de dolor
Y los pájaros cantarán
Pensando en los gusanos que se
alimentaran de nosotros.
Moriremos una o mil veces
De eso no hay duda
En una fría mañana alegre
Como la que aun no he tenido
Y que se dibuja en el precipicio de
mi mano.
Espejos opacos
Todos
los espejos están opacos
Y
mi imagen engañosa
Nunca
había sido tan acertada.
Todos
mis espejos están opacos
Y
puedo ver en ellos
Mi
futuro de rama rota
Mi
amanecer de soles negros.
Hay
días como este
Que
deberían hacerse añicos
Dejarlos
uno morir
Sin
darles el auxilio necesario.
Todos
mis espejos están opacos
Y
mi imagen engañosa
Nunca
había sido tan acertada.
Peregrinación
Vení,
Lamentémonos
pues caen las horas
Y
los ojos del mundo
Son
ciegos a nuestros pasos.
-¿Y dónde van los que se han perdido a
plena luz del día?
Dame
la mano
Seguí
mis pasos que se agitan entre los abismos
Seguí
la voz de temblor que me arropa
Y
no cerrés los ojos
Que
caerás en la amargura del paso que viene
Y
no podrás guiarte por el canto del pájaro
Que
se aleja para siempre.
Hay
una luz que parece abrirnos el camino a la locura
Procura
no separarte de ella
Que
es la única agua que nace en el pozo de nuestras manos
-Entonces, ¿dónde vamos con estos pasos que se
quiebran de cansancio?
Vamos
al fin último del camino
Vamos
a nosotros mismos.
Nunca ha sido fácil
Nunca
ha sido fácil morirse uno
Así
como romper un vaso de cristal
Así
como quebrarle la rama a un pájaro.
-Es sencillo; solo cierra los ojos y ábrelos nunca.
Es sencillo, sí
Como absorber el fracaso en nuestras manos-
Nunca
ha sido fácil
Es
mentira
Uno
lleva el deseo en el pecho
Y
el corazón palpita de burlas hacia uno mismo.
A
veces es mejor tirar las cosas
Y
dejar que el tiempo las selle y las abone
Y
que de ellas nazca un hermoso nido de gusanos.
-Es tan fácil como parpadear.
Cierra los ojos, ábrelos nunca-
Nunca
ha sido fácil morirse uno
Cuando
en realidad estamos muertos.
HOY ME ES DIFÍCIL SER BUENO
Hoy
me es difícil ser bueno
Levantarme
repentinamente
Y
saludar con la mano llena de pasados sangrientos.
Buenos días rosa matutina
¿Por cuál pétalo deseas que comience a torturarte?
Tengo
sed de abismos
Una
insolencia por arrancarme las palabras tersas
Y
una bandeja llena de futuros fracasos.
Hoy
es difícil arrancarme el pasado
Fingir
que las palabras no dictaron mi camino sin polvo
Y
fingir, sí, como lo hacen los que sonríen sin perder la máscara.
Déjenme
tranquilo
que
soy un volcán de nido de pájaros
Y
estoy vomitando mis alturas.
Déjenme
tranquilo, sí,
para
que no tenga que saludarlos con mi mano ensangrentada
Con
mi sonrisa que trata con los muertos.
NO BUSCO
No busco mi nombre para encontrarme
solo el sitio de las trampas
por donde va trazado mi camino.
Veo en las calles mis pasos
abandonados
escucho al polvo la insinuación de
mi futuro más cercano.
Puedo ver con estos ojos de ciego
los soles negros que calientan la
sangre
que derramaré para pintar mis ocasos.
Me es difícil este andar
estas calles no son más que
laberintos
donde perecemos
donde el hilo está cortado
desde el nacimiento de nuestros
gritos.
Y uno queriendo escapar
pero la gravedad está dispuesta
a cortar nuestros sueños de pájaro
a cortar el vuelo que se emprende en
los cielos de la memoria.
Y no queda más que proseguir
y cargar sobre nuestra espalda
al tiempo como a un muerto
que al final nos enterrará
con nuestras propias manos.
Regalo de consuelo
Me
han ofrecido la muerte
Como
se ofrece un colorido ramo de flores
Me
la ofrecieron fresca
Y
llena de vida como rosa matutina.
-Señor ¿tiene usted eternos floreros negros?
Porque hoy me han ofrecido la muerte
Como se ofrece un
ramo de flores
Y no tengo un florero para guardarla.
Me
han ofrecido la muerte como un ramo de flores
Y
solo tengo la tierra de mi cuerpo para abonarla.
Del libro Premonición del Extinguido. Editorial del Gabo. 2014.
jueves, 1 de mayo de 2014
EL PESO DE LAS PALABRAS
He descansado.
Descansar es lo que él hombre hace la mitad de su vida. Hay que dormir ocho
horas al día para que tengamos un buen funcionamiento. Los niños doce o catorce
horas. Ya después de la adolescencia se rebajan las horas del sueño para
aplicarlas a las horas del trabajo. T-r-a-b-a-j-o. Palabra difícil.
Pronunciarla cansa. T-r-a-b-a-j-o. Necesito descansar, hay quienes creen que
hablar no cuesta. Que decir “árbol” no lleva trabajo. Están equivocados, esa
palabra debe regarse, si no nunca llegaría a ser escuchada. “Libro” palabra
difícil. Lleva una L de letras, una I de ideas, una B de bardo, una R de ritmo,
una O de ortografía. ¡Vaya cosas!, si combinamos entonces lo que conlleva esa
palabra llegamos a “Poema” y ahí la cosa se vuelve más compleja. Dije compleja,
otra palabra pesada. Debo descansar, hablar cansa. Las palabras son las piedras
que hunden a nuestro yo en el mar de los pensamientos. La palabra labra, eso
dijo el eco; me suena a David Aguilar, lo refiere en una de sus canciones. Pero
él lo dice de diferente manera, nunca me ha gustado eso del plagio. Él dice
así: “Nunca tu palabra labra, a mi sentimiento, miento” Y yo digo: “La palabra
labra, eso dice el eco” No hay que ser tan inteligente para saber la diferencia;
él dice que la palabra no labra y yo digo que sí. Pero leo bien y al final él
dice: “miento” Eso significa que para él la palabra sí labra, igual que para
mí. Ya decía yo, no hay nada nuevo. Ya decía.
Escucho pasos, se
escuchan con mucha fuerza. Parece que es mi padre quien se acerca, sólo sus
pasos sonarían tanto. Es él, viene cerca, este momento no debería existir. A lo
mejor me corre de nuevo. A lo mejor viene a abrir la puerta y a decirme que me
vaya. Me gustaría quedarme bajo esta sábana, no salir nunca, morir de sed y de
hambre en este mueble. Pero morir cómodo.
–Levantáte. Es tarde.
Estas no son horas de…
Siempre lo mismo. Día y
noche. Tirando palabras como arena a la playa. Insignificantes. ¿Qué fuerza
torcerá sus ilógicos decires? ¿Qué dios se apiadará para que sus insípidas
palabras no lleguen a mi oído que odia sus palabras? Si fuera agua, caería
sobre su techo como una tormenta implacable. Lo ahogaría. Es buen nadador, pero
llovería tanto sobre él, que el diluvio antiguo quedaría en el olvido.
–¿No me escuchás? Te
estoy diciendo que te levantés.
Me quito la sabana poco
a poco. Lo veo y su figura es la misma. Siempre imponente. Siempre con la
insolencia y la arrogancia en cada gesto.
–Me acosté tarde. Es
por eso que todavía dormía.
–Pues si pensás seguir
aquí, olvídate de levantarte a estas horas. Andá a bañarte. Hacé algo por vos.
Buscá trabajo, comprá tus cosas. Por lo menos ahora no tenés la excusa que leer
es más importante.
Lo detesté con la
fuerza de Gargantúa, con la determinación de Ulises, con el odio de Nietzsche,
con la frialdad de Cioran. Pero no podía dejar que lo delataran mis ojos. Tenía
que poner en práctica el arte de la hipocresía. El arte más detestable de la
humanidad. El arte de los débiles y traicioneros. Antes les decía a mis amigos
–La hipocresía es el último de los vicios humanos que éste debe dominar. La
hipocresía se alimenta de la mentira, la mentira oscurece el alma, y los que mienten
como medio para cualquier fin, con el tiempo regresan más y más a su naturaleza
animal. Si la humanidad entera se contagiara con ese vicio, vivir sería el
castigo más grande y la muerte sería la única salvación de la especie. Pero la
hipocresía se anidaba en mi cabeza de a poquitos, sin darme cuenta, como los
años que al final no sabemos cómo se acumularon en nuestro viejo y cansado
cuerpo.
–Hoy mismo buscaré un
trabajo.
–Eso es lo que quiero
escuchar. Esas son las palabras que siempre deberían salir de vos.
Dije T-r-a-b-a-j-o. Me
siento más y más cansado. Si vuelvo a repetir esa palabra caeré desmayado y sin
fuerza alguna.
-Sí padre. No se
preocupe.
Me miró con agrado. Tal
vez pensó que este era el comienzo para que me encaminara a una vida normal.
Porque para él eso de andar leyendo de un lado a otro, cargando libros de aquí
para allá y de allá para acá, es un cuadro que debería permanecer en los
manicomios. Las personas normales tienen que trabajar de vendedores, de
doctores, de abogados, de ingenieros, de cualquier otra cosa que los aleje de
los sucios y polvorientos libros. “La mucha lectura mata” Decía en voz alta.
Pero sabía que ya estaba muerto. Que las letras no podían hundirme más en mi
oscuro mar de lodo.
Ese día le hablé a un
amigo. Tenía un taxi. Y eso de ir de un lado a otro de la ciudad, platicando
con personas distintas, era algo que verdaderamente me llamaba la atención. Me
dio el trabajo. Pase a ser parte del rubro de los taxistas, del equipo de
trabajo más insultado por la sociedad, bueno, apartando a los policías, porque
una cosa es ser el rubro más insultado y otras el más insultado y odiado. Cosas
distintas, muy distintas. Pero no podía echarme para atrás a pesar de cualquier
situación en contra. La pesada palabra tenía que llegar a mí, así como la
muerte le llega a todos los vivos. Ahora tenía un trabajo. Ahora dejaba de ser un
parásito de la sociedad. ¡Qué paradoja!, porque esta sociedad es el parásito más
grande, y las letras o cualquier arte, es la forma más eficiente de no dejar
que nos absorba. Pero lo que yo pensaba no tenía peso en este círculo. En fin.
Ahora sí era parte del parásito que chupaba la vida del país. Por fin había
encontrado trabajo. ¡Oh!, esa palabra, repetí esa palabra de nuevo. Ya no tengo
fuerzas para seguir.
De Autobiografía de un Hombre sin Importancia
martes, 22 de abril de 2014
LA PREMIACIÓN
Young
¡Hoy es tu día muchacho! ¡Hoy es tu día! -Le
repetía don Juan a su querido Ariel. Ariel sentía como la sangre le corría
velozmente, como si quisiera inundarlo.
Se alegraba profundamente al sentir las palmadas de ánimo que le daba
don Juan y más le animaba que este le mirara con la esperanza incrustada entre
sus ojos.
Al llegar la tarde, Ariel fue llevado por
don Juan al lugar donde se marcaría su destino. Miraba asombrado el alboroto
que había a su alrededor, tantas personas reunidas para mirarlo, en lo que
según decía don Juan, sería “su gran día”.
El lugar estaba lleno y las personas
bailaban, tomaban, comían, se insultaban y hasta se abrazaban amenamente,
parecía una feria en su día póstumo.
Al terminar la tarde llegó el momento del
joven Ariel, de eso no había duda. Le dieron dos navajas para la pelea, fue
cuando comprendió que las cosas eran serias, así como suelen decir algunos “de
vida o muerte”. Pero no sentía miedo, la confianza que le había irradiado don
Juan era su pan de cada día.
Todo fue rápido, una cortada por parte de
Ariel, otra por parte del contrincante, luego las heridas superficiales,
después el agotamiento y de pronto la estocada final… Ariel quedó tendido en el
suelo, con sus ojos mirando el infinito de ese lugar.
Don Juan permaneció con su rostro estático,
levantó al gallo, para luego ir a enterrarlo junto con sus esperanzas.
viernes, 18 de abril de 2014
CRÓNICA DE UNA PESTE ANUNCIADA
No hay olor más
insoportable que el del miedo
Cuando el pequeño Santiago estaba a punto
de tomar el café de todas las mañanas, recordó que debía entregar a su amigo
aquel libro que trataba de un sentenciado a muerte, en el cual todos a su alrededor sabían que moriría, menos él. Y que el
personaje se llamara como él, le parecía una coincidencia demoniaca, una broma
de mala muerte.
Con café en mano, tomó el libro y leyó: “el
día en que lo iban a matar, su madre creyó que él se había equivocado de fecha
cuando lo vio vestido de blanco” Santiago se paró frente al espejo y al
verse vestido de blanco tal y como acababa de leer al personaje, pensó que era
necesario cambiar de colores y de ideología para poder salvarse la vida.
Santiago era un joven de 21 años con una
conciencia social tan profunda que se había vuelto un líder para las personas
que le rodeaban, y si él decía que el rojo y el negro eran los colores con que
el cielo estaba pintado, sus seguidores no lo ponían en duda. Pero cuando las
cosas en su país se pusieron duras y se les estaba dando seguimiento a todos
los líderes de izquierda para darles una muerte anunciada, Santiago se llenó de
temor y votó por la ventana todos los ideales que le habían hecho ser uno de
los jóvenes más ilustres de su tierra.
-¿Mamá, hoy no han hablado?
-Tranquilo
Santiago, déjate de miedos y haceme caso, porque más sabe el diablo por viejo
que por diablo. En aquellos días, cuando agarraban a personas para
desaparecerlas, solo era a señores importantes, hombres y mujeres que si no
estaban bajo la tierra, hubieran florecido inmensos y fuertes para sacar de sus
ceguéz a este pueblo de brutos. Pero voz mijo, déjate de cosas, salí a la
calle, divertirte.
Santiago sabía muy bien que no era en vano
que hace dos semanas llamaran a su casa para amenazarle o como decía su madre
“para darle un susto”. La última vez que le hablaron le dijeron cosas de suma
importancia; La dirección de su casa, a qué horas salía y entraba, los lugares
que frecuentaba, las bebidas que tomaba, y así iba aquella lista llena de cosas
tan insignificantes, que hasta el mismo Santiago no recordaba tan
detalladamente.
Se miró de pronto al espejo y le daba asco
verse vestido de blanco, sabía que la traición era más espantosa que la muerte
y que la apariencia de su traje, era un signo de hipocresía descomunal. Pero el
miedo le podía más y se repetía con
amargura.- Tirar todo a la mierda, todo, por tenerle miedo a la muerte,
si la muerte es más amable con los valientes. Pero ahora que putas voy a hablar
de valentía, no quiero morir, no quiero morir…-. Y así se repetía hasta el
cansancio, hasta que fue interrumpido por su madre cuando ésta le mandó a
comprar leche. Pero antes de hacer caso al mandato de su madre, quiso leer un
poco más y prosiguió con la lectura “Cuando Santiago Nasar salió de su casa,
varias personas corrían hacia el puerto, apremiadas por los bramidos del buque.
El único lugar abierto en la plaza, era una tienda de leche a un costado de la
iglesia, donde estaban los dos hombres que esperaban a Santiago Nasar para
matarlo.”
El libro se le cayó de sus temblorosas
manos y al levantarlo le dijo a su madre que se sentía mal y que no quería
salir, que por favor mandara a su hermano menor. La madre no le dijo nada,
aunque sabía que Santiago no estaba enfermo, por lo menos no del cuerpo, si no
que su enfermedad era ver los fantasmas que según él decía, lo despertarían del
sueño de la vida.
Cuando su hermano salió, el teléfono sonó
como un grito y Santiago corrió a levantarlo.
-Aja
pendejito, ¿vos crees que estamos jugando verdad?, por casualidad ¿no acaba de
salir tu hermano de tu casa? Vos crees que no podemos agarrarlo y hacerlo
mierda para que veas que hablamos en serio. Mejor salí y platica con nosotros,
vamos a dar una vueltecita. No te preocupes.
-Señor,
escúcheme por favor, pero escúcheme, ya no ando en nada, créame, ahora hasta de
blanco me visto.
-Pero
tenés la sangre roja pendejo, la sangre roja y los ojos negros.
-Por
favor, por el amor de Dios…
-Si
vos no crees en Dios ateo de mierda, vos no crees en nada.
-Ahora
voy a misa los domingos, créame compa.
-¡Compa!
Y todavía me decís “compa”
-Amigo
escúcheme…
La llamada se cortó. Santiago entró a su
cuarto con los ojos llorosos y sin decirle nada a su madre, la cual le
insistiría que las llamadas solamente eran para asustarlo un poco. Ya estaba
harto de la maternal frase “Tranquilo mi amor, solo es para asustarte”
acompañada por una caricia que más parecía de despedida que de consuelo.
Pasaron las horas y al entrar a su cuarto
trató de calmarse pues recordó que solo le quedaban unas horas para terminar
con el libro, perder el miedo, he ir a dejárselo a su amigo a unas cuantas
calles de su casa.
Y Prosiguió leyendo; “Mis hermanos menores empezaron a salir de los otros cuartos. Los más
pequeños, tocados por el soplo de la tragedia, rompieron a llorar. Mi madre no
les hizo caso, por una vez en la vida, ni le prestó atención a su esposo.
–Espérate y me visto- le dijo él. Ella estaba ya en la calle. Mi hermano Jaime,
que entonces no tenía más de siete años, era el único que estaba vestido para
la escuela. –Acompáñala tú- ordenó mi padre. Jaime corrió detrás de ella si
saber qué pasaba ni para donde iban, y se agarró de su mano.
Y en ese instante Santiago deseó con toda su
alma, que su madre al verlo temblar tras las llamadas, dijera para consolarlo
lo mismo que la señora del libro “animales
de mierda que no son capaces de hacer nada que no sean desgracias”.
Casi al terminar el libro, el pequeño
Santiago sabía que tenía que tomar valor para salir y entregarlo, y para darse
ánimos se decía -Si fuera la asesina ilustrada la que hubiera leído otra cosa
fuera, pero esta novelita no debería asustarme. Tanto miedo me va a terminar
matando.
Así que terminó la novela, respiró profundo
y antes de salir tomó un vaso y lo llenó con agua. Al llevarlo a su boca,
comenzó a temblar de tal manera que el líquido caía al suelo antes de llegarle
a los labios. Después de respirar profundo, tan profundo como podían soportar
sus pulmones, puso el vaso sobre la mesa con la poca agua que había quedado y
salió a entregar el libro.
Esa noche el pequeño Santiago no regresó a
casa, la noche siguiente fue lo mismo y los siguientes días serían el espejo
infinito de los anteriores. Santiago nunca regresó.
Su madre comenzó a buscarlo de manera
desesperada con la ayuda de sus vecinos. Lloraba desconsolada y se maldecía por
no creer que las amenazas llegarían a tomar cuerpo y forma. Un día de tantos que
sumaban la búsqueda, su madre se acercó a un matorral donde un olor familiar se
le vino de pronto. -Este es Santiago -se dijo. -Así olía desde que el miedo se
apoderó del pobre. La madre lo encontró por un olor fuerte, que no era natural
sentir en la descomposición de un cuerpo humano. Santiago olía a miedo,
apestaba tanto, que las personas que estaban cerca se alejaron a varios metros
del lugar. Solo la madre pudo soportar aquel olor que ya le era familiar, el
olor del miedo que había quedado en las sabanas y en las sillas, en las
cucharas y en la ropa de su hijo.
Después que lo encontraron, los forenses
dictaminaron su muerte y el documento de difusión decía; “Siete de las numerosas heridas eran mortales. El hígado estaba casi
seccionado por dos perforaciones profundas en la cara anterior. Tenía cuatro
incisiones en el estómago, y una de ellas tan profunda, que lo atravesó por
completo y le destruyó el páncreas. Tenía otras seis perforaciones menores en
el colon traversa, y múltiples heridas en el intestino delgado. La única que
tenía en el dorso, a la altura de la tercera vértebra lumbar, le había
perforado el riñón derecho. La Cavidad abdominal estaba ocupada por grandes
témpanos de sangre, y entre el lodazal del contenido gástrico apareció una medalla
de oro de la virgen del Carmen que Santos se había tragado a la edad de cuatro
años. La cavidad torácica mostraba dos perforaciones: una en el segundo espacio
intercostal derecho que le alcanzó a perforar el pulmón, y otra muy cerca de la
axila izquierda. Tenía además seis heridas menores en los brazos y las manos, y
dos tajos horizontales: uno en el muslo derecho y otro en los músculos del
abdomen. Tenía una punzada profunda en la palma de la mano derecha, que el
informe decía. << Parecía un estigma del crucificado>>.
Tegucigalpa, noviembre del 2009.
martes, 1 de abril de 2014
DÍA DE TRABAJO
Comienzo la faena diaria. Busco entre los rostros que me hacen la señal de parada uno que me haga sentir en con-fianza. Calles atrás, dos tipos me hicieron la señal de parada, pero sus ojos tenían una especie de filo, algo punzante que me dejó herido. Antes de estos, un joven vestido muy decentemente, pantalón negro de tela, camisa manga larga, azul celeste, una corbata del mismo color del pantalón, zapatos negros, por su brillo se notaba que eran de charol y un maletín que se pasaba nervioso de una mano a otra. Pude notarlo bien porque había algo de tráfico, y sin duda, porque también suelo fijarme mucho en las personas. Al hacerme la parada bajé la ventanilla, pero al hablar, pude notar que sus palabras guardaban una repentina furia, escondida bajo la suavizante máscara de la palabra. Le dije que había olvidado algo y que debía ir de inmediato a traerlo. Él sabía que yo mentía, yo sabía que él mentía. Tal vez por eso no sacó el arma de su maletín y me disparó en la frente. Tal vez porque sabía que había descubierto su identidad y porque había tráfico y las personas que estaban alrededor podían verlo si actuaba de manera brusca. Por eso llevo tres horas dando vueltas y más vueltas, recorriendo la ciudad hasta encontrar un rostro en el cual pueda confiar. Pero es difícil confiar. Las estadísticas dicen que cada día un taxista muere asesinado. Que por lo menos diez son asaltados y de dos a cuatro son secuestrados para que en ellos los delincuentes hagan sus atracos. Ahora no se puede confiar en nadie, ni en hombres vestidos de “smoking”, ni en mujeres vestidas de monjas, las apariencias son la carnada para que como peces mordamos el anzuelo que nos desangrará la boca. ¿Y la policía? Son cómplices de esta tragedia del diario vivir. Ellos mismos venden sus armas, sus chalecos, sus municiones al crimen organizado. Ellos mismos son la banda más grande del crimen organizado. Sigo dando vueltas, la cabeza también trabaja en lo mismo. Canto “La chilanga banda”, porque va de la mano con mi nuevo trabajo y porque la aprendí de niño. A veces la gente se divierte cuando escucha como canto ese trabalenguas con buen ritmo, pero todo se lo debo a la paciencia y dedicación. Las grandes obras de la humanidad son construidas con paciencia y dedicación. Cuando era niño, todavía lo recuerdo, cogí un papel y un lápiz, grabé la canción de la radio y pegaba mi oído al parlante, luego comenzaba a reproducirla y a los segundos le ponía “Stop”, luego la re-trocedía y el proceso comenzaba de nuevo hasta que copiaba con la voluntad de un fonético aquellas palabras que no me decían nada. Ahora soy grande y la canto de nuevo, pero ya sé qué significan sus raros acentos, ya sé qué me sugiere su ritmo alucinante y como lo dice lo digo, con fe lo digo “chambeando de chafirete me sobra chupa y pachanga”. Termino la canción, la ciudad es cada vez más oscura y no es el día que se va y me hace tener esta sensación. La ciudad, me parece una mujer gigante que me deja recorrer los caminos de sus venas, que me deja observar la indecencia de sus calles desnudas, que se deja escupir como Magdalena sin arrepentimiento. La ciudad es más oscura, aunque descanse sobre una llama que alumbra el camino de su perdición. Ya son las cuatro de la tarde, y no he montado a ningún rostro, porque los rostros de los ciudadanos son opacos, como el espejo de mi conciencia que se quiebra en las noches más pesadas. ¿Dónde estará mi primer cliente? ¿en qué vientre o en qué sueño levanta la mano para hacerme parada? Sí, mi primer cliente sueña que yo lo recojo y cuando yo duerma soñaré que pido un taxi y que él es el taxista y así será todos los días hasta que llegue la noche del día, y es que él también tiene miedo de estas calles y de estos pasos que caminan sobre ellas, de este tráfico y de este “smoke” donde se esconden las serpientes que sonríen y es que él y yo somos uno mismo, el reflejo de la sociedad, el espejo que se quiebra de miedo, sí, es que él y yo somos lo mismo, la obra maestra de estas calles sucias, el manojo de nervios que hace sonar en sus manos afiladas, y es que la ciudad también ha sido dedicada y paciente y nosotros somos su obra, somos “los hijos de la perdición y del miedo”. Ya no hay combustible, ya no hay caras conocidas como nunca las ha habido. Ya no hay ganas de seguir en este juego de caníbales. Ya no hay más trabajo. Trabajar es demasiado cansado. Ya no hay nada porque seguir aquí.
domingo, 22 de diciembre de 2013
BLANCA NAVIDAD
Salís feliz del
trabajo por los aguinaldos que doblan los ánimos y las ganas de enamorarte de
alguna tipa que no sea tan fea como las chicas que frecuentan los bares del
centro, para no pasar otras fiestas acariciándole el pelo a la soledad. Al
llegar al primer bar que te encontrás, saludas amenamente a los desconocidos y
te sentás en la barra como rey y señor de algún reino lejano, ya que solo vos
entendés tu grandeza. Le invitas un trago a la chica que te atiende, porque a
pesar de que ni te dio las buenas cuando entraste, te pareció que la sonrisa de
maldad dibujada en su rostro era algo así como un saludo disimulado. Los tipos
que ya llevan en una de las mesas un par de horas te invitan a sentarte con
ellos. Feliz por el gesto les agradeces y les haces el honor llevando a la mesa
una caja de cervezas que terminará tan pronto como termina tu dinero en los
casinos en los días de mala racha. Las cosas van bien, ellos te escuchan
atentamente, escuchan sobre tus achaques, tus manías, tus dolores prematuros de
hígado, sobre tu relación pasada que fue peor que leer a Lezama Lima a los 8
años, una relación muy jodida y aburrida y luego que ni sabías que significaba
todo eso del amor, cuando solo recibiste puñales. La chica de la mesa es la más
atenta, parece que desde que llegaste le ha soltado la mano al tipo con el que
estaba y ahora esa mano busca la tuya, y sin querer los dedos se rozan y tu
otra mano automáticamente se levanta para pedirle al mesero algo especial para
la ocasión, te dicen que para celebrar lo mejor es un Dom Pérignon, la tipa te toma
más fuerte de la mano y te pide que compres algo de nieve, con sus labios
rozando húmedamente tus orejas. No te negás y le decís que la navidad sin nieve
no es navidad. Entonces compras lo suficiente para que todos se abriguen
anticipadamente por la temporada que se avecina a su mesa. Al rato, ya no es
una botella de Champagne la que está tirada como una fina mujer alcohólica, sino que son tres, como si las
imperiales les recordaran los malos tiempos en donde no se podía vivir con lo
poco que pagaban en la oficina. Luego, al pasar las horas, así de rápido como
pasaron las mujeres en tu vida, ves a tu lado y lo que ves es a un tipo extraño
y con el sostén de lado mostrando por pecho una pelota de calcetines y su
maquillaje corrido de tanto llanto por la alegría de la ocasión, le hace
descubrir su fisonomía de macho afeminado, que ya no tiene su mano sobre tu
mano sino en tus bolsillos, de dónde saca dinero en confianza para un paquete
de cigarrillos, de los cuales no probarás ni un solo sorbo. Caes rendido bajo
la mesa, el viento, la nieve, la fina humedad cayó sobre vos como una
tempestad. Al levantar la vista, ves un rotulo que dice “Marry Christmas” caído
de un lado y sostenido por un clavo oxidado, que de viejo, más parece un clavo
de la cruz del Cristo. Feliz navidad te
decís y cerras los ojos, con la esperanza de no abrirlos, de no volver a
abrirlos, hasta que sea la próxima
navidad, para poder comprarte la nieve que te negó el destino, por haber nacido
en un país donde lo blanco es apenas el vago reflejo de una nube en el cielo.
viernes, 22 de noviembre de 2013
Regina José Galindo
A Regina José Galindo la vi por
vez primera en la ciudad de Granada en Nicaragua. Nos cruzamos unas palabras,
me dijo que le saludara a Mayra Oyuela y se perdió de mi vista. Luego, al paso
de estos meses, su nombre había aparecido en algunas ocasiones, más que todo,
en las que con ciertos artistas hablábamos sobre el vacío del arte objeto y de
los pobres performances que usualmente son presentados en los pocos espacios
que tenemos para este tipo de manifestaciones. El nombre de Regina sonaba
siempre para aludir que no todo era así, ya que su trabajo era de una calidad y
de un fondo, que hacía que sus obras estuvieran en las bocas de todos los que
gustan del buen Performance. Hasta hace unos minutos, no sé si más por la
excusa de que las lecturas me quitan todo el tiempo, o por la cantidad de
tiempo que pierdo en las redes sociales, he podido ver un pequeño documental
sobre la obra de esta artista, documental que recoge pequeños momentos de sus
impactantes Performances y que me han dejado con la sana intención de buscar
más de una obra que muestra la historia no solo de una mujer o de un país, o de
las mujeres del mundo entero, en sociedades donde la violencia es un estigma
que la mayoría debe cargar, si no la de un mundo agonizante en dónde los seres
que lo habitan pueden verse reflejados en cada una de las piezas expuestas. La
impotencia, el temor, la humillación, la soledad, el dolor y la muerte, son calles
por donde transitamos al ver las piezas de Regina José Galindo, pero la
intensidad de estos sentimientos, hace que a pesar de sentirnos un poco
golpeados, abrumados, enfermos, nos atraiga de manera adictiva, pues las obras
son un espejo en dónde nos vemos reflejados hasta lo enfermo, lo monstruoso, pero
los humanos no quebraremos el espejo, somos demasiado vanidosos y por ende nos
seguiremos viendo en él. Sin más que decir, hay que conocer la obra de esta
artista, ya que no regresaremos vacíos frente a ella, pues si en algo es
profesional Regina, es en dejar una profunda huella en nuestra psiquis.
martes, 22 de octubre de 2013
Un lugar llamado Soledad
fotografía de Juan Rulfo
Me contaron que los
hombres y mujeres que llegaban a Soledad eran innumerables. Era casi imposible
describir el tráfico, el ruido, el calor, el olor a sudor acumulándose en todo
el ambiente. Todos llegaban con el propósito de sacrificarse ante la gran
estatua que permanecía en el centro de la ciudad. Todos llegaban, levantaban
sus puñales y se sacaban el corazón en ofrecimiento. Se desangraban, se
retorcían y el músculo palpitaba con más violencia mientras los cuerpos
comenzaban a descomponerse. Un peregrino de los innumerables que llegaban a la
ciudad, al estar parado frente a la estatua y listo para abrirse el pecho y
hacer su sacrificio, resolvió en ese mismo instante, que al final no valdría la
pena entregar el corazón a un monumento que no se inmutaba con tanto dolor a su
alrededor. Guardó su puñal, se dio la vuelta para regresar a su camino y al
estar parado en la salida de la ciudad, miró de nuevo hacia atrás. La estatua
caía como empujada por un viento huracanado y al hacerse pedazos, los cuerpos podridos
que se retorcían comenzaron a erguirse, y hombre y mujeres se estrechaban entre
sus pechos y tomaban una parte de los pedazos que pertenecían a la gigantesca
estatua, y se lo ponían al otro en ese mismo espacio en donde antes tenían el
corazón. Entonces sintió vergüenza por haber intentado hacer un poco más grande
la gigantesca estatua que muchos habían construido a costa de su propio dolor.
Pero sonrió, porque sabía que entre más y más se abrazara esa masa que estaba
en el centro de la ciudad, la ciudad misma desaparecería para siempre, entre el
polvo de la alegre danza que ahora les embriagaba el corazón a los que
caminaban de nuevo.
martes, 15 de octubre de 2013
NARRATIVA GUATEMALTECA ACTUAL
Ni hermosa ni maldita es el título con que se nombra a la última
antología de narrativa actual guatemalteca, que salió el pasado año, bajo el sello de Alfaguara. El viaje por este libro es como
abrir una ventana en el edificio más alto de la ciudad y poner un telescopio
apuntando a diferentes lugares y a diferentes horas, para observar ese ámbito
de tráfico y calles sucias, de travestis y discotecas, delincuencia y violaciones,
de drogas y locos deambulando por ella, siendo los personajes, piezas que
construyen la gran historia cotidiana de una sociedad. Guatemala del S. XXI
ajetreada y convulsa, minando día a día las mentes de sus habitantes hasta que
la explosión llega, Cómo sucede en el fragmento “Un día en la vida de Oscar” y entonces es imposible volver a la
normalidad. Por eso hay unos que prefieren irse dejando todo atrás, o mejor
olvidarlo todo con líneas gigantescas de cocaína que dibujen la salida y litros
de alcohol y piedra, en un apartamento o en la playa, esperando en una banca el
momento de caminar hacia la libertad, no una de estatua atrapada entre la
tierra y el mar, sino una libertad real, una que no se puede tener sin críticas en un país tan
conservador. Si la literatura es un espejo de la sociedad, este libro no
contribuye a que los extranjeros llamen a su agencia de viaje para dar un tour
por estás calles de Guatemala, pero la literatura no es publicidad, en este
caso se ha pintado tal y como se ve desde los jóvenes que caminan sobre esas
calles, manchadas de sangre y vómito, de pasos alejándose cada vez más al norte,
para dejar atrás el laberinto en donde son presas del minotauro llamado
existencia. A pesar de que el libro pinta muy bien la sociedad, la narración de
algunos autores es plana, tan plana que si no fuera porque el tema coincide con el todo, imagino que no estarían
adornando esas 175 páginas. Pero hay que leerlo, hay que darse una vuelta por
esas calles construidas a fuerza de tecleo, y sobre todo hay que estar ahí,
para saber que en esa Guatemala construida de golpes, hay más que 24 historias
que vivir.
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